Este no es mi Kanye

Ocurre a veces que los artistas, en un giro radical, abandonan su estilo original y lo reinventan. Esto puede obedecer a diversas causas: el hastío de lo habitual, la aparición de nuevas influencias o la alteración de las circunstancias personales. Es posible que ese estilo que cambien haya sido precisamente la clave de su éxito, pero nada puede hacerse ante la necesidad de cambio de aires del artista. El resultado, como es lógico, conlleva un alto riesgo, y puede derivar en un acierto que glorifique aún más el talento del artista, o un estrepitoso fracaso.

En mi opinión, el rumbo que ha tomado el rapero chicaguense Kanye West desde su penúltimo LP pertenece a la segunda categoría. Después de dos o tres años sin apenas escuchar nada suyo, he rescatado sus cuatro primeros discos (sin contar el pintoresco 808s & Heartbreak) con la urgente necesidad de quitarme el mal sabor de boca que me ha dejado, una vez más, el último de ellos.

La historia se repite. Lo mismo hice en 2013, cuando escuché su flamante Yeezus por primera vez. Expectante e ilusionado después de tres años de espera, me encontré ante un disco oscuro, estridente, extraño. En él no veía apenas un ápice de la genialidad que había sido su predecesor, el insigne My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010). Y digo apenas porque de diez canciones solo se salvaba la última de ellas, Bound 2, una suerte de oasis en medio del desierto. Precisamente, el tema era un homenaje a sus inicios, y sonaba bajo una base dulce y melódica repleta de pegadizos samples de soul sesentero. Una auténtica maravilla que instantáneamente consagré como uno de mis temas favoritos.

Esta vez las probabilidades de éxito eran más altas, pues The Life of Pablo cuenta con 16 canciones. Pero no. Incrédulo por hallarme ante lo que sorprendentemente parecía un nuevo caso sui generis en la casi impecable trayectoria de West, he tenido que darle tres y hasta cuatro escuchas (algo que no lamentablemente no tengo la costumbre de hacer, pues la lista de cosas que suelo querer escuchar es extensa) para ser generoso y al menos salvar una canción, Wolves, y parte de otra, Famous. Parte que -¡menuda casualidad!- es la única de todo el disco que evoca al Kanye de hace 10 añosAún así, tengo que admitir que ninguna de las dos me parecen nada del otro mundo, y no llegan ni por asomo al nivel de Bound 2. Por suerte, la producción ha tomado un cariz distinto, y, a diferencia de su predecesor, cuya acidez era atronadora, el nuevo disco al menos sí puede escucharse sin acabar con dolor de cabeza. Sólo queda cruzar los dedos para que el próximo ya vuelva definitivamente a la senda original.

No voy a ser hipócrita: si hubiera sido cualquier otro hubiera pasado rápidamente a otra cosa. Pero es Kanye West, al que, al igual que tantos otros amantes del hip hop, considero un productor verdaderamente excepcional y talentoso. Lo es, pero cuando hace lo que le encumbró y no le da por experimentar -si bien tiene todo el derecho del mundo a hacerlo, porque para eso es su música-.

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