Tanteando Atenas

Dejarse cautivar por Atenas no es fácil, para muchos tal vez imposible. No lo es, al menos, sin un haber hecho una investigación previa a la llegada. Aterrizar en la capital de Grecia pensando en majestuosas ruinas y un delicioso aroma a Antigüedad en sus calles supone un error garrafal y puede conllevar una decepción estrepitosa.

Es innegable. Atenas no es ni mucho menos una ciudad estéticamente bonita. Dejando a un lado la Acrópolis, está sucia y cochambrosa incluso en las zonas más céntricas. Fuera de ellas el abandono, la desatención y el deterioro se suman a la receta, que se hace más ubicua conforme va surgiendo el extrarradio.

Además del manto de porquería que cubre per se buena parte de su superficie, los desechos diarios de tiendas y restaurantes se acumulan a última hora hasta en los principales focos comerciales, como la calle Ermou. Por otra parte, resulta sobrecogedor descubrir que en la mayoría de barrios apenas queda pared, señal o viga que haya sobrevivido a la abigarrada caterva de pintadas y grafitis de pésimo gusto.

Atenas es una ciudad dura. Todas las grandes urbes lo son, pero los efectos de la crisis y el poco (o al menos aparente) control policial dejan estampas no tan comunes en otras ciudades. Mujeres pidiendo limosna con niños, campamentos callejeros de heroinómanos en pleno acto de intoxicación o mendigos afanándose en delirantes actividades son escenas medianamente usuales en áreas frecuentemente transitadas.

De alguna forma, todo esto sería justificadamente reprochable si no fuese por la brutal sacudida que el país encadena siete años sufriendo y que ya ha transformado ferozmente su sociedad, puede que para siempre. Es evidente que estos males probablemente ya existían antes de la crisis y que sus consecuencias han tenido un efecto más agravante que iniciador. Pero no puede decirse que, al menos ahora, no se esté gastando un duro en sanearla por puro pasotismo o incompetencia. Precisamente, la semana pasada Ayuntamiento y Gobierno anunciaron un plan de reforma urbano a corto plazo cuyos alcance, a juzgar por el depauperado estado de la ciudad, será todo un reto.

Pese al descenso a los infiernos de los últimos años, los atenienses siguen esforzándose en poner su mejor cara. Son amables, sonrientes, y se muestran siempre agradecidos con el visitante extranjero (el español está entre sus preferidos). Muchos se sienten orgullosos del pasado legendarios de su país pero, a diferencia de otras nacionalidades, no se creen mejores que nadie.

Han pasado más de dos milenios desde la susodicha leyenda y, aunque aquella imagen nunca morirá, la que un día fue la ciudad más influyente del mundo en nada se parece hoy al idílico lugar que marcó una de las etapas más importantes de la historia.

Atenas no es Barcelona, París o Nueva York. No está cubierta de edificios esplendorosos, monumentos icónicos o deslumbrantes avenidas. Atenas necesita que se la conozca, que se empatice con ella, que se tome con humor su caos, que día a día se vayan descubriendo sus pequeños encantos y que se aprecie aquellas cosas que la diferencian del resto. En el libro Grecia en otoño, de Xavier Moret, el exitoso autor heleno Petros Márkaris explica su gusto por lo que él define como “belleza polémica”. “Una ciudad me atrae cuando no esconde sus partes feas. Si lo hace, me parece artificial, ya que la belleza perfecta no existe”, dice.

Tal vez al que le guste lo diferente y lo que se aleja del resto pueda sentirse atraído por una ciudad con semejantes defectos. Tal vez por eso, al igual que Márkaris, me sienta tan a gusto en esta adorable jungla tras dos semanas de tanteo, contacto y asentamiento.

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