La religión turca de la libertad

Imagínese un pequeño pueblo en algún lugar de Turquía. No es difícil, ¿verdad? Las escenas vienen solas. Musulmanes dirigiéndose a la mezquita a la atención de la llamada al rezo, mujeres acompañadas por sus maridos que, cubiertas por un hiyab, tratan de guardar la mayor discreción posible, jóvenes que aguardan que sus familias acuerden sus matrimonios sin su consentimiento y un largo etcétera de estampas asociadas a la creencia islámica.

En Bademler, una localidad de escasos 1.500 habitantes al sur de la provincia de Esmirna, las cosas son muy diferentes. Tan diferentes que, por razones ligadas a sus raíces, sus costumbres y sus valores, llega casi a constituir una excepción en la cultura social del país asiático. Las mujeres charlan con el rostro descubierto en la calle, los jóvenes beben unas cervezas en el bar más cercano y las diferencias con cualquier pueblo español son inapreciables. Tanto es así que la localidad ni siquiera tiene su propio templo de oración, como suele ser costumbre.

El rasgo que en esencia distingue a Bademler de sus poblaciones vecinas es su religión: el alevismo. Con siete siglos de presencia y cerca de 20 millones de practicantes en Turquía (aproximadamente un cuarto de su población total), se trata de una de las ramas más heterodoxas del islam chiíta. Su credo, sincrético y de gran laxitud, puede resumirse en varios fundamentos: la tolerancia, la igualdad y el amor y el respeto hacia todos los seres humanos.

Bademler
Centro de Bademler, en la provincia turca de Esmirna

Aunque muchos de los jóvenes que viven en Bademler no profesan ninguna fe religiosa, los principios del alevismo pueden enmarcarse como los valores por los que se rige el pueblo. En este sentido, no son pocos los que consideran que los alevíes encarnan la verdadera esencia turca. Su pasado se remonta a las comunidades preislámicas que habitaban la Anatolia central alrededor de los siglos XIV y XVI y su idiosincrasia, como señala el periodista Andrés Mourenza, es “una mezcolanza de creencias” poco definidas que carece tanto de líder espiritual como de un rito específico.

Amantes de las artes y la música, los alevíes se caracterizan también por anteponer el universalismo y la conciencia crítica por encima de cualquier dogma. Es precisamente esa falta de rigidez lo que tradicionalmente les ha hecho ganarse la enemistad y el desprecio de otras ramas más ortodoxas y fervorosas como el sunismo, cuyo enfrentamiento se remonta a los albores del Imperio Otomano. Ya entonces los alevíes y otras minorías religiosas suponían un obstáculo a las pretensiones expansionistas de la dinastía sultánica.

No es de extrañar que en el pueblo no se tenga precisamente mucho aprecio por el presidente turco, Recep Tayipp Erdogan y su obsesivo afán por islamizar un país regido desde su creación por el laicismo.  Como en gran parte de Turquía, la devoción por su fundador, Mustafa Kemal Ataturk, queda patente con monumentos y retratos en cada esquina. Los alevíes, históricamente víctimas de persecuciones por parte de nacionalistas e islamistas, se enfrentan ahora a un gobierno despótico cuyos límites para desmantelar los preceptos del moderno estado turco parecen no tener fin. “Como Erdogan viva muchos años, estamos jodidos”, que suelen decir.

Busto Ataturk.JPG
Un busto de Ataturk en el centro de Bademler reproduce una de sus frases célebres: “Libertad y lealtad es mi carácter”

 

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