¿Represión?, ¿qué represión?

Al menos 40 muertos, un mínimo de 400 heridos y alrededor de 300 detenidos. Son las trágicas cifras que, de acuerdo a medios de comunicación, instituciones sanitarias y organizaciones en defensa de los derechos humanos, ha dejado tras de sí la ya histórica semana vivida en Nicaragua. Los enfrentamientos entre cientos de miles de personas y la policía del régimen encabezado por Daniel Ortega desde hace 11 años han hecho saltar por los aires los cimientos de una sociedad atenazada por la ley del silencio para ponerse en pie, despojarse del miedo imperante y denunciar la tiranía de un sistema que se ha acabado por convertir en una auténtica corte al servicio de su dueño y señor.

Aparecía Ortega, de 72 años, el pasado 1 de mayo para celebrar el Día del Trabajador y pronunciarse de paso sobre la convulsión que vive el país desde el 20 de abril, cuando miles de estudiantes salieron a la calle para mostrar su repulsa a una serie de reformas aplicadas a la Seguridad Social. Las jornadas, que dieron paso a una cadena de movilización nacional contra Ortega, acabaron por convertirse con el paso de los días en un campo de batalla que ha acabado derivando en un río de sangre en el que el presidente, como buen caudillo, no se reconoce de ninguna manera.

Los muertos, dijo Ortega, no son otra cosa sino producto de la violencia agitada por las masas e “incitada” por los manifestantes y nada tiene que ver con el buen hacer del gobierno, que desde sus inicios solo “ha venido consolidando la paz, la alegría, el amor y la solidaridad”. Fueron palabras más que suficientes para que Ortega se sacudiera la inmerecida reputación que ha acumulado durante años y las acusaciones de violaciones de derechos humanos puestas de manifiesto en la última semana.

Rodeado de su guardia pretoriana, arropado por sus más acérrimos seguidores y acompañado por su esposa, defensora incondicional de su nepotismo y quien hace unas semanas se refirió a los manifestantes como “seres mezquinos, mediocres, pequeños, llenos de odio y con la desfachatez de inventarse muertos”, Ortega no dejó lugar a dudas. Tras más de una década de gobierno, su intención de abandonar el poder a pesar de la presión social se antoja nula. Lo que parecía imposible hasta hace un mes, sin embargo, ya ha dejado de serlo. Pese a la fatídica respuesta y al muro de contención, hacerle frente al autoritarismo ya no es una utopía es Nicaragua.

 

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