Esto es Nueva York

Tras más de cinco décadas en activo, el reportero y novelista Tom Wolfe (Richmond, Virginia, 1930) fallecía el pasado día 14 a los 88 años dejando un legado que, si bien había ido perdiendo progresivamente el interés público y mediático desde hacía ya 30 años, no fue óbice para que pasara a la historia como leyenda e icono del periodismo. Considerado el padre de un subgénero que él mismo bautizó como Nuevo Periodismo, Wolfe mostró con sus extensos reportajes que otra manera de desempeñar el oficio, mucho más literaria e impresionista que la de los formatos convencionales, era posible.

Condición indispensable para tal labor resultaba, como no podía ser de otra forma, la puesta de los cinco sentidos al servicio de la observación y la atención minuciosa por el detalle a fin de enriquecer la historia de matices en la máxima medida de lo posible. En sus trabajos periodísticos, Wolfe se hizo célebre -entre otras cosas- por contar lo que veía inundando las páginas con los aspectos más nimios. Siempre, claro, sin perder de vista el hilo de la narración y poniendo especial cuidado en que las descripciones solo contribuyeran a mejorar el relato y a aportar una información valiosa al lector. Aquel rasgo se convirtió en una de las cartas de presentación del periodista.

Cuando años más tarde, convertido ya en una eminencia tras la publicación de varios de estos textos, decidió dar el salto a la novela, Wolfe puso en práctica una técnica narrativa pulida y perfeccionada a lo largo de su trayectoria para confeccionar su obra culmen. En La hoguera de las vanidades (1987), el virginiano desplegó todo su potencial en desarrollar un argumento con el que pretendía retratar la sociedad neoyorquina del momento. El resultado es un libro que, 30 años después, continúa siendo considerada por muchos como la novela definitiva de la Gran Manzana.

Aunque en un primer momento esto pueda parecer una etiqueta sobredimensionada, uno realmente va teniendo la sensación de encontrarse ante algo grande al pasar sus páginas. A lo largo de sus casi 600 cuartillas, el lector descubre un relato meticulosamente articulado donde cada detalle contribuye a crear la atmósfera de codicia, miseria y pocos escrúpulos que reina en el mundo que se describe.

Además de mantener la intriga y el suspense capítulo a capítulo, el autor recrea la ciudad con todos sus elementos como si de una maqueta a escala se tratase. De esta forma (y especialmente si se trata de alguien que ha vivido en Nueva York o al menos la ha visitado un tiempo mínimamente considerable), el lector consigue visualizar con excelsa claridad el espejo que Wolfe coloca sobre la megalópolis.

El alto y opulento tren de vida de los millonarios del sur de Manhattan, por un lado, y la ambición de fiscaluchos y periodistas de poca monta por hacerse a cualquier precio con el caso que los catapulte a la gloria, por el otro, componen con sus muchos matices la paleta de colores de la que Wolfe se vale para retratar a su ciudad adoptiva y las profundas diferencias sociales y raciales que la caracterizan. Afectados por un involuntario accidente en el barrio del Bronx, sus tres protagonistas se verán envueltos a partir de ese instante en una cadena de sucesos que cambiarán sus vidas para siempre.

No es menos cierto, por otro lado, que la vividez de las descripciones puede resultar tan enriquecedora para unos como tediosa y petulante para otros. No a todo el mundo le gusta pasarse páginas y páginas leyendo sobre el lujoso mobiliario de un exclusivo ático de Park Avenue o acerca del intrincado funcionamiento de un juzgado del Bronx y esa es la razón principal por la que muchos habrán dejado el libro a medias. Es evidente que, en ese sentido, no es una novela hecha para todo el mundo y que para dejarse llevar uno debe meterse de lleno en la piel de sus personajes como si de un neoyorquino más se tratase.

Pese a haber transcurrido ya tres décadas, la metrópolis de La hoguera no ha cambiado tanto como cabría imaginar. En un artículo publicado el pasado octubre con motivo de su aniversario, la periodista Amanda Mars repasaba la repercusión del libro y comparaba la urbe de 1987 con la actual. “30 años después, un personaje prototípico de La hoguera como Trump, se ha convertido en presidente de Estados Unidos y el Bronx, aquella vieja jungla, sale recomendada en una guía del Times. Pero la esencia de aquella ciudad [la segregación racial, las marcadas diferencias sociales] sigue viva”, escribe. Las cicatrices apenas han envejecido a Nueva York, y con ella tampoco lo ha hecho el libro. Ahí reside, por supuesto, la verdadera razón de su grandeza.

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¿Represión?, ¿qué represión?

Al menos 40 muertos, un mínimo de 400 heridos y alrededor de 300 detenidos. Son las trágicas cifras que, de acuerdo a medios de comunicación, instituciones sanitarias y organizaciones en defensa de los derechos humanos, ha dejado tras de sí la ya histórica semana vivida en Nicaragua. Los enfrentamientos entre cientos de miles de personas y la policía del régimen encabezado por Daniel Ortega desde hace 11 años han hecho saltar por los aires los cimientos de una sociedad atenazada por la ley del silencio para ponerse en pie, despojarse del miedo imperante y denunciar la tiranía de un sistema que se ha acabado por convertir en una auténtica corte al servicio de su dueño y señor.

Aparecía Ortega, de 72 años, el pasado 1 de mayo para celebrar el Día del Trabajador y pronunciarse de paso sobre la convulsión que vive el país desde el 20 de abril, cuando miles de estudiantes salieron a la calle para mostrar su repulsa a una serie de reformas aplicadas a la Seguridad Social. Las jornadas, que dieron paso a una cadena de movilización nacional contra Ortega, acabaron por convertirse con el paso de los días en un campo de batalla que ha acabado derivando en un río de sangre en el que el presidente, como buen caudillo, no se reconoce de ninguna manera.

Los muertos, dijo Ortega, no son otra cosa sino producto de la violencia agitada por las masas e “incitada” por los manifestantes y nada tiene que ver con el buen hacer del gobierno, que desde sus inicios solo “ha venido consolidando la paz, la alegría, el amor y la solidaridad”. Fueron palabras más que suficientes para que Ortega se sacudiera la inmerecida reputación que ha acumulado durante años y las acusaciones de violaciones de derechos humanos puestas de manifiesto en la última semana.

Rodeado de su guardia pretoriana, arropado por sus más acérrimos seguidores y acompañado por su esposa, defensora incondicional de su nepotismo y quien hace unas semanas se refirió a los manifestantes como “seres mezquinos, mediocres, pequeños, llenos de odio y con la desfachatez de inventarse muertos”, Ortega no dejó lugar a dudas. Tras más de una década de gobierno, su intención de abandonar el poder a pesar de la presión social se antoja nula. Lo que parecía imposible hasta hace un mes, sin embargo, ya ha dejado de serlo. Pese a la fatídica respuesta y al muro de contención, hacerle frente al autoritarismo ya no es una utopía es Nicaragua.

 

La verdad y nada más que la verdad

En medio de la cobertura del caso Watergate, el legendario reportero Carl Bernstein se puso en contacto con el entonces fiscal general de Estados Unidos, John Mitchell, para aclarar su implicación en el escándalo. El tándem formado por Bernstein y su compañero Bob Woodward acababa de descubrir la existencia de un fondo secreto destinado a cualquier tipo de trabajo sucio que pudiera materializar la reelección de Nixon como presidente y la mano de Mitchell detrás de dicho entramado parecía más que evidente. “¡Esa mierda es falsa y lo negaré todo! ¡Katie Graham [ex-presidenta del Washington Post] se pillará una teta en una escurridora si lo publicas!”, bramó al ser preguntado. Cuando Ben Bradlee, el director del periódico, se enteró de la conversación no daba crédito. “¿De veras ha dicho eso?”, inquirió. “De veras”, contestó Bernstein. “Bien. Pues omite lo de la teta y escribe el resto”.

A pesar de su gran nombre y su colosal legado, las nuevas generaciones de periodistas a duras penas habrán oído hablar de Bradlee (1921-2014), cuyo mandato al frente del Washington Post jalonó la que posteriormente se acabó definiendo como la “edad de oro del periodismo”. El documental sobre su vida basado en sus memorias (La vida de un periodista, Aguilar) y estrenado este martes bajo el sello de HBO es una oportunidad insoslayable para, en poco más de 90 minutos, conocer no solo su gestión sino también su carácter, su filosofía y su intensa vida personal. Desde la filtración de los llamados “papeles del Pentágono”, pasando por la creación del temido suplemento Style a la investigación del propio escándalo Watergate, que desembocó en la dimisión de Nixon; la gesta de Bradlee marcó un antes y un después en la historia del periodismo y de la política estadounidense.

Obsesionado por dar a conocer “la verdad” por encima de todo, sus méritos tampoco se entienden sin su apuesta por reformar de arriba a abajo el famoso diario washingtoniano, adonde llegó cuando no era más que un periódico provinciano de segunda fila. La vehemente ambición del recién estrenado director por darle al Post un lavado de cara que lo elevara a nivel nacional e incluso internacional fue determinante en las hazañas logradas posteriormente. “Detestaba a las personas que se daban demasiada importancia a sí mismas. Solo le importaba que la gente supiera la verdad”, dice de él la que fue su última mujer, Sally Quinn.

Ironías de la vida, quiso el azar que esa obsesión por la verdad le hiciera darse de bruces con uno de los mayores fraudes que ha dado el periodismo. Tras recibir el Premio Pulitzer en 1981 por un extenso reportaje publicado en portada sobre un niño heroinómano, su autora, una joven reportera llamada Janet Cooke, confesó habérselo inventado de principio a fin. El duro golpe que el descubrimiento supuso no solo para la credibilidad del periódico sino también para la profesionalidad y las firmes convicciones morales de Bradlee fue incuestionable. Admitir en público su culpa y aceptar sus graves errores consiguieron, no obstante, ayudarle a él y al equipo a levantar cabeza y salir adelante.

Tampoco queda fuera de foco la otra gran sacudida personal que sufrió: el asesinato de su gran amigo John Fitzgerald Kennedy, cuya estrecha relación le puso en más de una ocasión en apuros a la hora de delimitar la delicada franja entre camaradería y rigor y ética periodística. Combativo, seductor, perseverante, duro trabajador y férreo defensor de la libertad de información, Benjamin C. Bradlee mantiene aún, tres años después de su muerte y 26 desde su salida del Post, el honorable récord de haber granjeado durante su dirección un total de 18 Premios Pulitzer a reporteros del periódico, dato que él desdeñó en vida pero que, sin embargo, lo encumbra hoy como estrella y leyenda del periodismo por antonomasia.

Redacción Washington Post
De i. a d. Katharine Graham (presidenta del Washington Post entre 1963 y 2001), los reporteros Carl Bernstein y Bob Woodward, Howard Simons (redactor jefe) y Ben Bradlee durante la investigación del caso Watergate

 

Cuando Turquía podría pasar por España

Imagínese un pequeño pueblo en algún lugar de Turquía. No es difícil, ¿verdad? Las escenas vienen solas. Musulmanes dirigiéndose a la mezquita a la atención de la llamada al rezo, mujeres acompañadas por sus maridos que, cubiertas por un hiyab, tratan de guardar la mayor discreción posible, jóvenes que aguardan que sus familias acuerden sus matrimonios sin su consentimiento y un largo etcétera de estampas asociadas a la creencia islámica.

En Bademler, una localidad de escasos 1.500 habitantes al sur de la provincia de Esmirna, las cosas son muy diferentes. Tan diferentes que, por razones ligadas a sus raíces, sus costumbres y sus valores, llega casi a constituir una excepción en la cultura social del país asiático. Las mujeres charlan con el rostro descubierto en la calle, los jóvenes beben unas cervezas en el bar más cercano y las diferencias con cualquier pueblo español son inapreciables. Tanto es así que la localidad ni siquiera tiene su propio templo de oración, como suele ser costumbre.

El rasgo que en esencia distingue a Bademler de sus poblaciones vecinas es su religión: el alevismo. Con siete siglos de presencia y cerca de 20 millones de practicantes en Turquía (aproximadamente un cuarto de su población total), se trata de una de las ramas más heterodoxas del islam chiíta. Su credo, sincrético y de gran laxitud, puede resumirse en varios fundamentos: la tolerancia, la igualdad y el amor y el respeto hacia todos los seres humanos.

Bademler
Centro de Bademler, en la provincia turca de Esmirna

Aunque muchos de los jóvenes que viven en Bademler no profesan ninguna fe religiosa, los principios del alevismo pueden enmarcarse como los valores por los que se rige el pueblo. En este sentido, no son pocos los que consideran que los alevíes encarnan la verdadera esencia turca. Su pasado se remonta a las comunidades preislámicas que habitaban la Anatolia central alrededor de los siglos XIV y XVI y su idiosincrasia, como señala el periodista Andrés Mourenza, es “una mezcolanza de creencias” poco definidas que carece tanto de líder espiritual como de un rito específico.

Amantes de las artes y la música, los alevíes se caracterizan también por anteponer el universalismo y la conciencia crítica por encima de cualquier dogma. Es precisamente esa falta de rigidez lo que tradicionalmente les ha hecho ganarse la enemistad y el desprecio de otras ramas más ortodoxas y fervorosas como el sunismo, cuyo enfrentamiento se remonta a los albores del Imperio Otomano. Ya entonces los alevíes y otras minorías religiosas suponían un obstáculo a las pretensiones expansionistas de la dinastía sultánica.

No es de extrañar que en el pueblo no se tenga precisamente mucho aprecio por el presidente turco, Recep Tayipp Erdogan y su obsesivo afán por islamizar un país regido desde su creación por el laicismo.  Como en gran parte de Turquía, la devoción por su fundador, Mustafa Kemal Ataturk, queda patente con monumentos y retratos en cada esquina. Los alevíes, históricamente víctimas de persecuciones por parte de nacionalistas e islamistas, se enfrentan ahora a un gobierno despótico cuyos límites para desmantelar los preceptos del moderno estado turco parecen no tener fin. “Como Erdogan viva muchos años, estamos jodidos”, que suelen decir.

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Un busto de Ataturk en el centro de Bademler reproduce una de sus frases célebres: “Libertad y lealtad es mi carácter”

 

Matones

Uno seguido de otro, dos nuevos capítulos de salvajismo se han añadido esta semana al listado de fechorías perpetradas por los delincuentes que componen la política extremista y autoritaria. Lo sucedido no revela nada que no se supiera, pero refuerza una vez más la idea de que, por muy distintos que sean, quienes tratan de imponer su criterio sobre el de los demás lo hacen siempre de la única forma que saben. A tortas.

El primero tenía lugar el martes por la mañana. Ilias Kasidiaris, portavoz del partido neonazi griego Amanecer Dorado, se dirigía al Parlamento desde su escaño cuando uno de sus homólogos, Nikos Dendias, de Nueva Democracia, pasaba por delante de él. Para Kasidiaris esto debió de suponer un ataque frontal e imperdonable hacia su persona, porque nada más Dendias estaba frente a él lo empujó y le pidió explicaciones de tal afrenta. “¡¿Qué haces?! ¡¿No ves que estoy hablando?!”, le espetó con su indeleble gesto pendenciero. Pero el portavoz del partido conservador no se quedó de brazos cruzados y le plantó cara volviéndose hacia él.

Nada más hacerlo, los diputados neonazis se levantaban de sus asientos con la intención de increparle, pero ¡oh! justo en ese momento la cámara que retransmitía la intervención fue cambiada a otra general que quedaba fuera de ángulo del lugar de discusión. Pudo saberse que, entre gritos y repetidas llamadas a los guardias por parte del Presidente de la Cámara, sus señorías se dedicaron a lanzar agua y agredir a Dendias hasta que, tras varios minutos, los agentes hicieron finalmente acto de presencia. Resultado: Amanecer Dorado fue expulsado del Parlamento y no podrá participar hoy en la votación referente a la adopción de nuevas medidas de austeridad por Grecia.

Otros guardias, los del presidente de iure y sultán de facto Recep Tayipp Erdogan, estampaban el sello de la visita oficial de su jefe a Estados Unidos con una auténtica demostración de fuerza esta mañana en Washington. Durante una concentración prokurda ante la embajada de Turquía, los esbirros del todopoderoso aparecieron de la nada para sin mediar palabra proceder a propinar una brutal paliza a quienes allí se encontraban. Las imágenes, inefablemente abyectas, muestran a varios de los gorilas del presidente ensañándose con algunos de los manifestantes a base de patadas en la cabeza. Por supuesto es previsible que, pese a la gravedad del asunto, el ataque no conlleve represalia alguna para los agresores. Al fin y al cabo eso no es más que un simple día de trabajo para ellos.

Como todo el mundo sabe, no es la primera vez que ni unos ni otros protagonizan algo así. De hecho, ambos sucesos son casi simbólicos si se atiende a sus historiales. Es proverbial la brutal represión que ha emprendido Erdogan en los últimos años contra todo lo que él considera disidencia o enemigo del Estado, represión que tras el fallido golpe del año pasado se ha ampliado en dimensiones insospechadas.

Por otra parte es deber recordar que, aunque fuera de Grecia hayan ido cayendo en el olvido, los neonazis de Amanecer Dorado están siendo juzgados por pertenencia a organización criminal, tenencia de armas y archivos ilegales y asesinato. Además del homicidio del rapero izquierdista Pavlos Fyssas en 2013 por un militante, los neonazis se hicieron famosos a nivel internacional por sus salidas nocturnas a la caza de inmigrantes, por destrozarles sus puestos y, en general, por discriminarlos a cualquier precio. El propio Kasidiaris, sin ir más lejos, protagonizó una agresión en directo cuando, en medio de un acalorado debate, echó agua a una política y abofeteó fuertemente a otra en un debate televisado.

Amanecer Dorado, como todo grupo ultraderechista que se precie, propone la expulsión de los inmigrantes ilegales y atribuye a los musulmanes el origen de todos los males. Por contra, Erdogan pretende transformar el país que dirige con mano de hierro en un estado islamista sin miramientos. No cabe duda de que, si los neonazis llegaran al poder, la ya depauperada relación entre Grecia y Turquía empeoraría aún más. O, quién sabe, tal vez no. El uso de la violencia como forma de respuesta a cualquier adversidad por insignificante que sea es la norma que en el fondo los une. Un vínculo que probablemente les haría mirarse con admiración entre ellos. Los extremos, después de todo, siempre acaban tocándose.

NOTA: Los enlaces de esta entrada enlazan a vídeos que muestran los hechos que se describen.

 

Café, tabaco y kombolois

En la mano derecha, un pitillo consumiéndose lenta y silenciosamente. En la izquierda, un cordón cerrado por grandes abalorios que van deslizándose de uno a otro lado. Sobre la mesa, una taza de café recién preparado, un vaso de agua, un montículo de colillas apiladas sobre un cenicero y, ante todo, más tabaco. De fondo, humo y un soniquete intermitente: ras… ras… ras.

Es posible sea un cliché de lo más manido, pero esto no quita que la imagen descrita predomine en casi cualquier taberna, cafetería o restaurante heleno. Es más, no es descabellado ni falaz decir que un bar griego no es un bar griego si no se aprecian al menos uno de los elementos de tal estampa. Café, tabaco y dicho cordón de abalorios, llamado komboloi y que casi podría considerarse una prolongación de la mano de todo varón adulto en Grecia, son con sus más y sus menos las tres hierofanías de su cultura social.

Dicho trinomio tiene su explicación. El país de las 2.000 islas cuenta con una arraigadísima cultura del café heredada de los otomanos, que lo ocuparon durante cinco siglos (desde el XIV hasta el XIX). El elinikós, ligera variante del café turco, es una de las numerosas modalidades que aparecen en los menús de los establecimientos. Quedar con alguien para tomar uno y charlar durante horas es uno de los pasatiempos nacionales favoritos. Aunque, si se prefiere, también puede optarse por los clásicos frappé, cappuccino, latte, cappuccino latte, espresso, macchiato o mocha, por enumerar solo algunos.

Por otro lado, que los paquetes de tabaco sean una constante en los bares no sorprende si se tiene en cuenta que Grecia es el país más humeante de la Unión Europea. Nada menos que alrededor del 40% de los griegos fuman con regularidad. Su precio es algo menor que la media del resto de países comunitarios y, aunque en 2010 se aprobó una ley antitabaco, la diferencia respecto a España, que también erradicó el humo de los establecimientos ese año, estriba en que nadie parece haberse dado cuenta. A excepción de los sitios más exclusivos, las mesas están preparadas con ceniceros y tantos propietarios como clientes fuman en el interior con total tranquilidad. Si por lo que parece la norma se vulnera incluso en el Parlamento, ¿qué puede nadie echar en cara al ciudadano de a pie?

El komboloi, último pero no menos importante de estos elementos también guarda relación, al igual que la obsesión cafetera, con la espinosa relación con Turquía. Durante el dominio otomano de Grecia, el komboloi fue introducido por los invasores, que mostraban los suyos, hechos de joyas y piedras preciosas, como símbolo de poder. Con el tiempo, esa ostentación fue poco a poco pasando a todos los estratos sociales, que los elaboraban con toda suerte de materiales en función de su nivel adquisitivo. Actualmente los griegos les dan a sus kombolois tres usos mayoritarios: relajarse mediante el tacto de sus cuentas, como entretenimiento (puede sonar extraño, pero una vez se “aprende” a usarlo puede tener su gracia) y como método, paradójicamente, para dejar de fumar. Costumbres griegas…

Tanteando Atenas

Dejarse cautivar por Atenas no es fácil, para muchos tal vez imposible. No lo es, al menos, sin un haber hecho una investigación previa a la llegada. Aterrizar en la capital de Grecia pensando en majestuosas ruinas y un delicioso aroma a Antigüedad en sus calles supone un error garrafal y puede conllevar una decepción estrepitosa.

Es innegable. Atenas no es ni mucho menos una ciudad estéticamente bonita. Dejando a un lado la Acrópolis, está sucia y cochambrosa incluso en las zonas más céntricas. Fuera de ellas el abandono, la desatención y el deterioro se suman a la receta, que se hace más ubicua conforme va surgiendo el extrarradio.

Además del manto de porquería que cubre per se buena parte de su superficie, los desechos diarios de tiendas y restaurantes se acumulan a última hora hasta en los principales focos comerciales, como la calle Ermou. Por otra parte, resulta sobrecogedor descubrir que en la mayoría de barrios apenas queda pared, señal o viga que haya sobrevivido a la abigarrada caterva de pintadas y grafitis de pésimo gusto.

Atenas es una ciudad dura. Todas las grandes urbes lo son, pero los efectos de la crisis y el poco (o al menos aparente) control policial dejan estampas no tan comunes en otras ciudades. Mujeres pidiendo limosna con niños, campamentos callejeros de heroinómanos en pleno acto de intoxicación o mendigos afanándose en delirantes actividades son escenas medianamente usuales en áreas frecuentemente transitadas.

De alguna forma, todo esto sería justificadamente reprochable si no fuese por la brutal sacudida que el país encadena siete años sufriendo y que ya ha transformado ferozmente su sociedad, puede que para siempre. Es evidente que estos males probablemente ya existían antes de la crisis y que sus consecuencias han tenido un efecto más agravante que iniciador. Pero no puede decirse que, al menos ahora, no se esté gastando un duro en sanearla por puro pasotismo o incompetencia. Precisamente, la semana pasada Ayuntamiento y Gobierno anunciaron un plan de reforma urbano a corto plazo cuyos alcance, a juzgar por el depauperado estado de la ciudad, será todo un reto.

Pese al descenso a los infiernos de los últimos años, los atenienses siguen esforzándose en poner su mejor cara. Son amables, sonrientes, y se muestran siempre agradecidos con el visitante extranjero (el español está entre sus preferidos). Muchos se sienten orgullosos del pasado legendarios de su país pero, a diferencia de otras nacionalidades, no se creen mejores que nadie.

Han pasado más de dos milenios desde la susodicha leyenda y, aunque aquella imagen nunca morirá, la que un día fue la ciudad más influyente del mundo en nada se parece hoy al idílico lugar que marcó una de las etapas más importantes de la historia.

Atenas no es Barcelona, París o Nueva York. No está cubierta de edificios esplendorosos, monumentos icónicos o deslumbrantes avenidas. Atenas necesita que se la conozca, que se empatice con ella, que se tome con humor su caos, que día a día se vayan descubriendo sus pequeños encantos y que se aprecie aquellas cosas que la diferencian del resto. En el libro Grecia en otoño, de Xavier Moret, el exitoso autor heleno Petros Márkaris explica su gusto por lo que él define como “belleza polémica”. “Una ciudad me atrae cuando no esconde sus partes feas. Si lo hace, me parece artificial, ya que la belleza perfecta no existe”, dice.

Tal vez al que le guste lo diferente y lo que se aleja del resto pueda sentirse atraído por una ciudad con semejantes defectos. Tal vez por eso, al igual que Márkaris, me sienta tan a gusto en esta adorable jungla tras dos semanas de tanteo, contacto y asentamiento.

Libertad de prensa: la otra víctima de la crisis griega

Desde su estallido en 2010, la crisis que asola Grecia ha sido objeto de un profundo análisis acerca de sus devastadores efectos políticos, económicos y sociales. En los días, semanas y meses previos a los tres rescates que el país heleno recibió en 2011, 2012 y 2015, todas las miradas puestas en su gravísima situación financiera repasaban, seguían y pronosticaban los acontecimientos que sucedían o estaban por hacerlo.  El clamoroso hartazgo de la sociedad y su creciente empobrecimiento, las vicisitudes del inestable escenario político y, sobre todo, las consecuencias de una hipotética salida de la UE jalonaban la actualidad informativa.

Como en toda crisis, la cobertura mediática se centra en los aspectos más destacados de la misma. A un lado quedan las víctimas menos llamativas que sus garras, de una forma u otra, acaban cobrándose. Y, como no podía ser de otra forma, una de esas alargadas zarpas ha ido a parar a la prensa y la libertad informativa. En solo cinco años (2009-2014), Grecia pasó del puesto 35 al 99 en el índice de Reporteros sin Fronteras que aborda dicho asunto. En 2016 ocupaba la posición 89.

“Después de que Grecia cayera 50 puestos en la lista de 2015, uno de los mayores desplomes que ha habido, las esperanzas estaban puestas en el nuevo gobierno encabezado por Alexis Tsipras. Antes de las elecciones, Tsipras prometió terminar con el poder de los magnates mediáticos, un puñado de hombres de negocios que durante años han usado los medios en favor de sus intereses empresariales. ¿Mantendrá esta promesa electoral?”, detalla la ONG en su web.

Las razones de tal caída libre son evidentes. Los casos de agresiones y amenazas a periodistas y fotógrafos, tanto por parte de fuerzas de seguridad como de movimientos extremistas, se han disparado exponencialmente a lo largo de estos siete años.  Al tiempo, las interferencias políticas en los medios públicos estuvieron a la orden del día en 2014. Por último, las demandas de políticos y tribunales contra periodistas y canales de información o sátira han devenido en multas, investigaciones y cierres más que cuestionables.

El ejemplo más rotundo se encuentra en ERT, la televisión pública griega. En 2013 el gobierno de coalición presidido por Andonis Samarás decretó su clausura alegando falta de rentabilidad. Dicha decisión desencadenó, además de las consabidas protestas de los más de 2000 trabajadores de la cadena, un litigio en el que un tribunal acabó determinando la inconstitucionalidad de la orden. Durante ese tiempo el ejecutivo de Samaras abrió Nerit, una nueva emisora destinada a ser su sucesora y que se vio envuelta en escándalos e irregularidades desde su nacimiento debido a las continuas injerencias del gobierno en su programación informativa. En 2015, tras la llegada de Syriza al poder, Nerit fue finalmente disuelta por el Parlamento heleno y ERT fue reestablecida tras dos años de inactividad.

De la imparable coyuntura siquiera se salvan algunas de las cabeceras más importantes, que, al igual que cientos de otros medios más modestos, también se han acabado viendo abocados a echar el cierre. A finales de enero, el grupo de comunicación Lambrakis, que acumulaba una deuda de casi 100 millones de euros, anunció el cese de actividad de uno de sus semanarios y de su periódico estrella. Con los acreedores cada vez más convencidos de que un cuarto rescate financiero puede ser una realidad no muy lejana, ambas firmas se han convertido en los últimos náufragos de un hundimiento que no parece tocar fondo tras siete años de desplome.

 

 

 

 

Chipre: 40 años de división

Grecia y Turquía, Turquía y Grecia. La proverbial y milenaria rivalidad entre ambos países volvió a ser noticia la semana pasada tras el enésimo intento por zanjar una de sus más añejas diferencias. Un hecho que, a pesar de su longevidad, resulta profundamente desconocido para el mundo occidental: la división de la isla de Chipre.

Nada menos que 42 años han pasado desde que Chipre fue fragmentada, en agosto de 1974, en dos partes casi proporcionales regidas por Turquía en la zona norte y el estado chipriota como tal en la mitad sur. Su capital, Nicosia, quedó igualmente dividida entre ambos. El 15 de julio, un mes antes, la junta militar que por entonces gobernaba el país heleno orquestó un golpe de estado en Chipre para derrocar a su regidor, el arzobispo Makarios III, y anexionar la isla a Grecia.

Como respuesta, Turquía reaccionó lanzando una ofensiva pocos días después que justificó ante la comunidad internacional amparándose en el derecho a intervenir para restaurar el orden constitucional en la isla. Un derecho recogido en el Tratado de Garantía, promulgado en 1960 y entre cuyos firmantes figuraban, además de Grecia y Reino Unido, la propia Turquía.

La presión internacional sobre el conflicto en ciernes entre ambos países precipitó el colapso de la junta militar griega solo tres días después de la invasión turca, lo que a su vez dio lugar a que el gobierno implantado fracasara y fuera depuesto. Al restablecerse el orden, las fuerzas turcas se retiraron. Pero el 18 de agosto, apenas un mes más tarde, Ankara puso en marcha un segundo despliegue de tropas que esta vez ocupó el 40% de la isla.

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La República Turca del Norte de Chipre fue autoproclamada en 1983, nueve años después de la ocupación

Pese a la condena unánime de Naciones Unidas, las cerca de 40.000 milicias prosiguieron la invasión iniciada un mes antes, esta vez ya sin ningún pretexto justificativo que respaldase el asalto. En el proceso, cerca de 150.000 ciudadanos de origen grecochipriota, mayoría en el área ocupada por Turquía, fueron desplazados de sus casas hacia el sur, zona más poblada por turcochipriotas. En su lugar, estos últimos partieron hacia el norte para instalarse en los hogares abandonados por sus antiguos residentes.

La inicial Administración Autónoma Turcochipriota declarada por Turquía tras la segunda ocupación evolucionó un año más tarde en un estado federado y ocho después, en 1983, en la autoproclamada “República Turca del Norte de Chipre“. Además de negar sistemáticamente su legitimidad jurídica, la ONU y diversas ONGs han denunciado en reiteradas ocasiones el incumplimiento de derechos civiles en la mitad norte de la isla.

Desde el fin del conflicto, los intentos por reunificar el país han sido tanteados por Naciones Unidas, si bien todos han terminado cayendo en saco roto. El último fue iniciado la semana pasada en Ginebra con representantes griegos, turcos y británicos, y aunque esta vez la mayor sintonía por buscar un acuerdo definitivo que resuelva el conflicto es palmaria, nada está aún atado.

Ortega: perpetuación y autocracia en Nicaragua

Tanto era de esperar que Daniel Ortega revalidase un tercer mandato como presidente de Nicaragua en las elecciones del pasado día 6 como que dicha cita pasara sin pena ni gloria por los medios de comunicación de todo el mundo. Tal poca atención en la cita electoral podría entenderse de haberse tratado de unos comicios ordinarios y poco decisivos en la trayectoria del país latinoamericano. Y lo cierto es que así era. Las elecciones no suponían nada de no ser porque con ellas Ortega, actual mandatario y antiguo líder sandinista, conseguía como fuera consolidarse definitivamente en el poder a golpe de neutralizar a toda costa cualquier tipo de oposición política.

Así lo contaba el agudísimo Jan Martínez Ahrens en un extenso reportaje publicado el mismo día de la celebración en El País Semanal. Apoyado en su compañera de viaje y más que posible sucesora, Rosario Murillo, el exguerrillero ha trazado desde que llegó al poder por segunda vez en 2006 un país a imagen y semejanza de sus aspiraciones. A lo largo de toda una década, ha repartido el control de importantes asuntos estatales entre varios de sus siete hijos, maniobrado para bloquear a sus adversarios y formulado un sincretismo entre capitalismo, religión y sandinismo.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional, su partido, obtuvo el 70% de los votos en unas elecciones en las que Ortega impidió la presencia de observadores internacionales para garantizar su correcto desarrollo. La cita, que ha sido calificada de “farsa” por numerosos colectivos tanto autóctonos como extranjeros, se cerró con una concurrencia moderada aunque incierta y en la que la oposición, inhabilitada por una sentencia judicial para presentarse a las elecciones, instó a la población a abstenerse de ejercer el derecho a voto en señal de protesta.

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Manifestación en repulsa de las elecciones del pasado 6 de noviembre y del Canal de Nicaragua, uno de los proyectos estrella de Ortega y cuya inauguración está prevista para 2019

Como en todos los regímenes con tintes autocráticos, en Nicaragua impera la ley del silencio. Son pocos los que parecen atreverse a hablar sobre el rumbo delirante que ha tomado el país bajo el mando de Ortega y su clan. Tras haber modificado la Constitución a su antojo para eliminar la limitación numérica de mandatos y anulado a sus adversarios políticos, gran parte del pueblo teme represalias de mostrarse crítico con el Gobierno.

Hasta ahora, la legitimidad de Ortega como presidente estaba fuera de duda. No obstante, la desafortunada decisión tomada por la Asamblea de destituir a la oposición y el levantamiento de barreras a los observadores externos han puesto de relieve ante la comunidad internacional sus ansias de mantener el poder a cualquier coste. El exguerrillero ha terminado, finalmente, por mostrar su verdadera cara.