Matones

Uno seguido de otro, dos nuevos capítulos de salvajismo se han añadido esta semana al listado de fechorías perpetradas por los delincuentes que componen la política extremista y autoritaria. Lo sucedido no revela nada que no se supiera, pero refuerza una vez más la idea de que, por muy distintos que sean, quienes tratan de imponer su criterio sobre el de los demás lo hacen siempre de la única forma que saben. A tortas.

El primero tenía lugar el martes por la mañana. Ilias Kasidiaris, portavoz del partido neonazi griego Amanecer Dorado, se dirigía al Parlamento desde su escaño cuando uno de sus homólogos, Nikos Dendias, de Nueva Democracia, pasaba por delante de él. Para Kasidiaris esto debió de suponer un ataque frontal e imperdonable hacia su persona, porque nada más Dendias estaba frente a él lo empujó y le pidió explicaciones de tal afrenta. “¡¿Qué haces?! ¡¿No ves que estoy hablando?!”, le espetó con su indeleble gesto pendenciero. Pero el portavoz del partido conservador no se quedó de brazos cruzados y le plantó cara volviéndose hacia él.

Nada más hacerlo, los diputados neonazis se levantaban de sus asientos con la intención de increparle, pero ¡oh! justo en ese momento la cámara que retransmitía la intervención fue cambiada a otra general que quedaba fuera de ángulo del lugar de discusión. Pudo saberse que, entre gritos y repetidas llamadas a los guardias por parte del Presidente de la Cámara, sus señorías se dedicaron a lanzar agua y agredir a Dendias hasta que, tras varios minutos, los agentes hicieron finalmente acto de presencia. Resultado: Amanecer Dorado fue expulsado del Parlamento y no podrá participar hoy en la votación referente a la adopción de nuevas medidas de austeridad por Grecia.

Otros guardias, los del presidente de iure y sultán de facto Recep Tayipp Erdogan, estampaban el sello de la visita oficial de su jefe a Estados Unidos con una auténtica demostración de fuerza esta mañana en Washington. Durante una concentración prokurda ante la embajada de Turquía, los esbirros del todopoderoso aparecieron de la nada para sin mediar palabra proceder a propinar una brutal paliza a quienes allí se encontraban. Las imágenes, inefablemente abyectas, muestran a varios de los gorilas del presidente ensañándose con algunos de los manifestantes a base de patadas en la cabeza. Por supuesto es previsible que, pese a la gravedad del asunto, el ataque no conlleve represalia alguna para los agresores. Al fin y al cabo eso no es más que un simple día de trabajo para ellos.

Como todo el mundo sabe, no es la primera vez que ni unos ni otros protagonizan algo así. De hecho, ambos sucesos son casi simbólicos si se atiende a sus historiales. Es proverbial la brutal represión que ha emprendido Erdogan en los últimos años contra todo lo que él considera disidencia o enemigo del Estado, represión que tras el fallido golpe del año pasado se ha ampliado en dimensiones insospechadas.

Por otra parte es deber recordar que, aunque fuera de Grecia hayan ido cayendo en el olvido, los neonazis de Amanecer Dorado están siendo juzgados por pertenencia a organización criminal, tenencia de armas y archivos ilegales y asesinato. Además del homicidio del rapero izquierdista Pavlos Fyssas en 2013 por un militante, los neonazis se hicieron famosos a nivel internacional por sus salidas nocturnas a la caza de inmigrantes, por destrozarles sus puestos y, en general, por discriminarlos a cualquier precio. El propio Kasidiaris, sin ir más lejos, protagonizó una agresión en directo cuando, en medio de un acalorado debate, echó agua a una política y abofeteó fuertemente a otra en un debate televisado.

Amanecer Dorado, como todo grupo ultraderechista que se precie, propone la expulsión de los inmigrantes ilegales y atribuye a los musulmanes el origen de todos los males. Por contra, Erdogan pretende transformar el país que dirige con mano de hierro en un estado islamista sin miramientos. No cabe duda de que, si los neonazis llegaran al poder, la ya depauperada relación entre Grecia y Turquía empeoraría aún más. O, quién sabe, tal vez no. El uso de la violencia como forma de respuesta a cualquier adversidad por insignificante que sea es la norma que en el fondo los une. Un vínculo que probablemente les haría mirarse con admiración entre ellos. Los extremos, después de todo, siempre acaban tocándose.

NOTA: Los enlaces de esta entrada enlazan a vídeos que muestran los hechos que se describen.

 

Café, tabaco y kombolois

En la mano derecha, un pitillo consumiéndose lenta y silenciosamente. En la izquierda, un cordón cerrado por grandes abalorios que van deslizándose de uno a otro lado. Sobre la mesa, una taza de café recién preparado, un vaso de agua, un montículo de colillas apiladas sobre un cenicero y, ante todo, más tabaco. De fondo, humo y un soniquete intermitente: ras… ras… ras.

Es posible sea un cliché de lo más manido, pero esto no quita que la imagen descrita predomine en casi cualquier taberna, cafetería o restaurante heleno. Es más, no es descabellado ni falaz decir que un bar griego no es un bar griego si no se aprecian al menos uno de los elementos de tal estampa. Café, tabaco y dicho cordón de abalorios, llamado komboloi y que casi podría considerarse una prolongación de la mano de todo varón adulto en Grecia, son con sus más y sus menos las tres hierofanías de su cultura social.

Dicho trinomio tiene su explicación. El país de las 2.000 islas cuenta con una arraigadísima cultura del café heredada de los otomanos, que lo ocuparon durante cinco siglos (desde el XIV hasta el XIX). El elinikós, ligera variante del café turco, es una de las numerosas modalidades que aparecen en los menús de los establecimientos. Quedar con alguien para tomar uno y charlar durante horas es uno de los pasatiempos nacionales favoritos. Aunque, si se prefiere, también puede optarse por los clásicos frappé, cappuccino, latte, cappuccino latte, espresso, macchiato o mocha, por enumerar solo algunos.

Por otro lado, que los paquetes de tabaco sean una constante en los bares no sorprende si se tiene en cuenta que Grecia es el país más humeante de la Unión Europea. Nada menos que alrededor del 40% de los griegos fuman con regularidad. Su precio es algo menor que la media del resto de países comunitarios y, aunque en 2010 se aprobó una ley antitabaco, la diferencia respecto a España, que también erradicó el humo de los establecimientos ese año, estriba en que nadie parece haberse dado cuenta. A excepción de los sitios más exclusivos, las mesas están preparadas con ceniceros y tantos propietarios como clientes fuman en el interior con total tranquilidad. Si por lo que parece la norma se vulnera incluso en el Parlamento, ¿qué puede nadie echar en cara al ciudadano de a pie?

El komboloi, último pero no menos importante de estos elementos también guarda relación, al igual que la obsesión cafetera, con la espinosa relación con Turquía. Durante el dominio otomano de Grecia, el komboloi fue introducido por los invasores, que mostraban los suyos, hechos de joyas y piedras preciosas, como símbolo de poder. Con el tiempo, esa ostentación fue poco a poco pasando a todos los estratos sociales, que los elaboraban con toda suerte de materiales en función de su nivel adquisitivo. Actualmente los griegos les dan a sus kombolois tres usos mayoritarios: relajarse mediante el tacto de sus cuentas, como entretenimiento (puede sonar extraño, pero una vez se “aprende” a usarlo puede tener su gracia) y como método, paradójicamente, para dejar de fumar. Costumbres griegas…

Tanteando Atenas

Dejarse cautivar por Atenas no es fácil, para muchos tal vez imposible. No lo es, al menos, sin un haber hecho una investigación previa a la llegada. Aterrizar en la capital de Grecia pensando en majestuosas ruinas y un delicioso aroma a Antigüedad en sus calles supone un error garrafal y puede conllevar una decepción estrepitosa.

Es innegable. Atenas no es ni mucho menos una ciudad estéticamente bonita. Dejando a un lado la Acrópolis, está sucia y cochambrosa incluso en las zonas más céntricas. Fuera de ellas el abandono, la desatención y el deterioro se suman a la receta, que se hace más ubicua conforme va surgiendo el extrarradio.

Además del manto de porquería que cubre per se buena parte de su superficie, los desechos diarios de tiendas y restaurantes se acumulan a última hora hasta en los principales focos comerciales, como la calle Ermou. Por otra parte, resulta sobrecogedor descubrir que en la mayoría de barrios apenas queda pared, señal o viga que haya sobrevivido a la abigarrada caterva de pintadas y grafitis de pésimo gusto.

Atenas es una ciudad dura. Todas las grandes urbes lo son, pero los efectos de la crisis y el poco (o al menos aparente) control policial dejan estampas no tan comunes en otras ciudades. Mujeres pidiendo limosna con niños, campamentos callejeros de heroinómanos en pleno acto de intoxicación o mendigos afanándose en delirantes actividades son escenas medianamente usuales en áreas frecuentemente transitadas.

De alguna forma, todo esto sería justificadamente reprochable si no fuese por la brutal sacudida que el país encadena siete años sufriendo y que ya ha transformado ferozmente su sociedad, puede que para siempre. Es evidente que estos males probablemente ya existían antes de la crisis y que sus consecuencias han tenido un efecto más agravante que iniciador. Pero no puede decirse que, al menos ahora, no se esté gastando un duro en sanearla por puro pasotismo o incompetencia. Precisamente, la semana pasada Ayuntamiento y Gobierno anunciaron un plan de reforma urbano a corto plazo cuyos alcance, a juzgar por el depauperado estado de la ciudad, será todo un reto.

Pese al descenso a los infiernos de los últimos años, los atenienses siguen esforzándose en poner su mejor cara. Son amables, sonrientes, y se muestran siempre agradecidos con el visitante extranjero (el español está entre sus preferidos). Muchos se sienten orgullosos del pasado legendarios de su país pero, a diferencia de otras nacionalidades, no se creen mejores que nadie.

Han pasado más de dos milenios desde la susodicha leyenda y, aunque aquella imagen nunca morirá, la que un día fue la ciudad más influyente del mundo en nada se parece hoy al idílico lugar que marcó una de las etapas más importantes de la historia.

Atenas no es Barcelona, París o Nueva York. No está cubierta de edificios esplendorosos, monumentos icónicos o deslumbrantes avenidas. Atenas necesita que se la conozca, que se empatice con ella, que se tome con humor su caos, que día a día se vayan descubriendo sus pequeños encantos y que se aprecie aquellas cosas que la diferencian del resto. En el libro Grecia en otoño, de Xavier Moret, el exitoso autor heleno Petros Márkaris explica su gusto por lo que él define como “belleza polémica”. “Una ciudad me atrae cuando no esconde sus partes feas. Si lo hace, me parece artificial, ya que la belleza perfecta no existe”, dice.

Tal vez al que le guste lo diferente y lo que se aleja del resto pueda sentirse atraído por una ciudad con semejantes defectos. Tal vez por eso, al igual que Márkaris, me sienta tan a gusto en esta adorable jungla tras dos semanas de tanteo, contacto y asentamiento.

Libertad de prensa: la otra víctima de la crisis griega

Desde su estallido en 2010, la crisis que asola Grecia ha sido objeto de un profundo análisis acerca de sus devastadores efectos políticos, económicos y sociales. En los días, semanas y meses previos a los tres rescates que el país heleno recibió en 2011, 2012 y 2015, todas las miradas puestas en su gravísima situación financiera repasaban, seguían y pronosticaban los acontecimientos que sucedían o estaban por hacerlo.  El clamoroso hartazgo de la sociedad y su creciente empobrecimiento, las vicisitudes del inestable escenario político y, sobre todo, las consecuencias de una hipotética salida de la UE jalonaban la actualidad informativa.

Como en toda crisis, la cobertura mediática se centra en los aspectos más destacados de la misma. A un lado quedan las víctimas menos llamativas que sus garras, de una forma u otra, acaban cobrándose. Y, como no podía ser de otra forma, una de esas alargadas zarpas ha ido a parar a la prensa y la libertad informativa. En solo cinco años (2009-2014), Grecia pasó del puesto 35 al 99 en el índice de Reporteros sin Fronteras que aborda dicho asunto. En 2016 ocupaba la posición 89.

“Después de que Grecia cayera 50 puestos en la lista de 2015, uno de los mayores desplomes que ha habido, las esperanzas estaban puestas en el nuevo gobierno encabezado por Alexis Tsipras. Antes de las elecciones, Tsipras prometió terminar con el poder de los magnates mediáticos, un puñado de hombres de negocios que durante años han usado los medios en favor de sus intereses empresariales. ¿Mantendrá esta promesa electoral?”, detalla la ONG en su web.

Las razones de tal caída libre son evidentes. Los casos de agresiones y amenazas a periodistas y fotógrafos, tanto por parte de fuerzas de seguridad como de movimientos extremistas, se han disparado exponencialmente a lo largo de estos siete años.  Al tiempo, las interferencias políticas en los medios públicos estuvieron a la orden del día en 2014. Por último, las demandas de políticos y tribunales contra periodistas y canales de información o sátira han devenido en multas, investigaciones y cierres más que cuestionables.

El ejemplo más rotundo se encuentra en ERT, la televisión pública griega. En 2013 el gobierno de coalición presidido por Andonis Samarás decretó su clausura alegando falta de rentabilidad. Dicha decisión desencadenó, además de las consabidas protestas de los más de 2000 trabajadores de la cadena, un litigio en el que un tribunal acabó determinando la inconstitucionalidad de la orden. Durante ese tiempo el ejecutivo de Samaras abrió Nerit, una nueva emisora destinada a ser su sucesora y que se vio envuelta en escándalos e irregularidades desde su nacimiento debido a las continuas injerencias del gobierno en su programación informativa. En 2015, tras la llegada de Syriza al poder, Nerit fue finalmente disuelta por el Parlamento heleno y ERT fue reestablecida tras dos años de inactividad.

De la imparable coyuntura siquiera se salvan algunas de las cabeceras más importantes, que, al igual que cientos de otros medios más modestos, también se han acabado viendo abocados a echar el cierre. A finales de enero, el grupo de comunicación Lambrakis, que acumulaba una deuda de casi 100 millones de euros, anunció el cese de actividad de uno de sus semanarios y de su periódico estrella. Con los acreedores cada vez más convencidos de que un cuarto rescate financiero puede ser una realidad no muy lejana, ambas firmas se han convertido en los últimos náufragos de un hundimiento que no parece tocar fondo tras siete años de desplome.

 

 

 

 

Chipre: 40 años de división

Grecia y Turquía, Turquía y Grecia. La proverbial y milenaria rivalidad entre ambos países volvió a ser noticia la semana pasada tras el enésimo intento por zanjar una de sus más añejas diferencias. Un hecho que, a pesar de su longevidad, resulta profundamente desconocido para el mundo occidental: la división de la isla de Chipre.

Nada menos que 42 años han pasado desde que Chipre fue fragmentada, en agosto de 1974, en dos partes casi proporcionales regidas por Turquía en la zona norte y el estado chipriota como tal en la mitad sur. Su capital, Nicosia, quedó igualmente dividida entre ambos. El 15 de julio, un mes antes, la junta militar que por entonces gobernaba el país heleno orquestó un golpe de estado en Chipre para derrocar a su regidor, el arzobispo Makarios III, y anexionar la isla a Grecia.

Como respuesta, Turquía reaccionó lanzando una ofensiva pocos días después que justificó ante la comunidad internacional amparándose en el derecho a intervenir para restaurar el orden constitucional en la isla. Un derecho recogido en el Tratado de Garantía, promulgado en 1960 y entre cuyos firmantes figuraban, además de Grecia y Reino Unido, la propia Turquía.

La presión internacional sobre el conflicto en ciernes entre ambos países precipitó el colapso de la junta militar griega solo tres días después de la invasión turca, lo que a su vez dio lugar a que el gobierno implantado fracasara y fuera depuesto. Al restablecerse el orden, las fuerzas turcas se retiraron. Pero el 18 de agosto, apenas un mes más tarde, Ankara puso en marcha un segundo despliegue de tropas que esta vez ocupó el 40% de la isla.

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La República Turca del Norte de Chipre fue autoproclamada en 1983, nueve años después de la ocupación

Pese a la condena unánime de Naciones Unidas, las cerca de 40.000 milicias prosiguieron la invasión iniciada un mes antes, esta vez ya sin ningún pretexto justificativo que respaldase el asalto. En el proceso, cerca de 150.000 ciudadanos de origen grecochipriota, mayoría en el área ocupada por Turquía, fueron desplazados de sus casas hacia el sur, zona más poblada por turcochipriotas. En su lugar, estos últimos partieron hacia el norte para instalarse en los hogares abandonados por sus antiguos residentes.

La inicial Administración Autónoma Turcochipriota declarada por Turquía tras la segunda ocupación evolucionó un año más tarde en un estado federado y ocho después, en 1983, en la autoproclamada “República Turca del Norte de Chipre“. Además de negar sistemáticamente su legitimidad jurídica, la ONU y diversas ONGs han denunciado en reiteradas ocasiones el incumplimiento de derechos civiles en la mitad norte de la isla.

Desde el fin del conflicto, los intentos por reunificar el país han sido tanteados por Naciones Unidas, si bien todos han terminado cayendo en saco roto. El último fue iniciado la semana pasada en Ginebra con representantes griegos, turcos y británicos, y aunque esta vez la mayor sintonía por buscar un acuerdo definitivo que resuelva el conflicto es palmaria, nada está aún atado.

Ortega: perpetuación y autocracia en Nicaragua

Tanto era de esperar que Daniel Ortega revalidase un tercer mandato como presidente de Nicaragua en las elecciones del pasado día 6 como que dicha cita pasara sin pena ni gloria por los medios de comunicación de todo el mundo. Tal poca atención en la cita electoral podría entenderse de haberse tratado de unos comicios ordinarios y poco decisivos en la trayectoria del país latinoamericano. Y lo cierto es que así era. Las elecciones no suponían nada de no ser porque con ellas Ortega, actual mandatario y antiguo líder sandinista, conseguía como fuera consolidarse definitivamente en el poder a golpe de neutralizar a toda costa cualquier tipo de oposición política.

Así lo contaba el agudísimo Jan Martínez Ahrens en un extenso reportaje publicado el mismo día de la celebración en El País Semanal. Apoyado en su compañera de viaje y más que posible sucesora, Rosario Murillo, el exguerrillero ha trazado desde que llegó al poder por segunda vez en 2006 un país a imagen y semejanza de sus aspiraciones. A lo largo de toda una década, ha repartido el control de importantes asuntos estatales entre varios de sus siete hijos, maniobrado para bloquear a sus adversarios y formulado un sincretismo entre capitalismo, religión y sandinismo.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional, su partido, obtuvo el 70% de los votos en unas elecciones en las que Ortega impidió la presencia de observadores internacionales para garantizar su correcto desarrollo. La cita, que ha sido calificada de “farsa” por numerosos colectivos tanto autóctonos como extranjeros, se cerró con una concurrencia moderada aunque incierta y en la que la oposición, inhabilitada por una sentencia judicial para presentarse a las elecciones, instó a la población a abstenerse de ejercer el derecho a voto en señal de protesta.

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Manifestación en repulsa de las elecciones del pasado 6 de noviembre y del Canal de Nicaragua, uno de los proyectos estrella de Ortega y cuya inauguración está prevista para 2019

Como en todos los regímenes con tintes autocráticos, en Nicaragua impera la ley del silencio. Son pocos los que parecen atreverse a hablar sobre el rumbo delirante que ha tomado el país bajo el mando de Ortega y su clan. Tras haber modificado la Constitución a su antojo para eliminar la limitación numérica de mandatos y anulado a sus adversarios políticos, gran parte del pueblo teme represalias de mostrarse crítico con el Gobierno.

Hasta ahora, la legitimidad de Ortega como presidente estaba fuera de duda. No obstante, la desafortunada decisión tomada por la Asamblea de destituir a la oposición y el levantamiento de barreras a los observadores externos han puesto de relieve ante la comunidad internacional sus ansias de mantener el poder a cualquier coste. El exguerrillero ha terminado, finalmente, por mostrar su verdadera cara.

 

Bulgaria y Moldavia viran hacia la órbita rusa

La pérdida de confianza en Europa crece a velocidad de vértigo. Tras la victoria del euroescepticismo en Polonia, Reino Unido y, en menor medida, Francia o Alemania; Moldavia y Bulgaria optaron este domingo por dar un voto de confianza a la rusofilia en sendas elecciones presidenciales. De esta forma, dos de los países más pobres de la región (Bulgaria encabeza el primer puesto de la Unión Europea) inician un periodo en el que, sin dejar de lado sus compromisos con Bruselas, pretenden retomar sus buenas relaciones con Rusia.

En el caso de Bulgaria el encargado de capitanear la legislatura será el independiente Rumen Radev, que durante la campaña ha manifestado que “la eurofilia no debe implicar necesariamente rusofobia”. Radev, un expiloto de las fuerzas aéreas sin experiencia política, se impuso por casi el doble de sufragios a su rival, la oficialista Tzetzka Tsacheva, actual presidenta del Parlamento. Al tiempo, la negativa del Gobierno saliente a formar un ejecutivo en funciones daría lugar a la convocatoria de nuevas elecciones en primavera.

Por su parte, Moldavia también se dispone abrazar al Kremlin con el fin de “restablecer los lazos amistosos y estratégicos mantenidos durante cientos de años, sin los que no hay futuro posible”. Son los argumentos esgrimidos por el ganador de los comicios, Igor Dodon, del Partido Socialista, quien ha prometido modificar el apartado económico del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, vigente desde 2014. Dicho pacto motivó represalias por parte de Moscú, que impuso un embargo a las exportaciones de productos pilares de la economía moldava como la carne o las verduras.

Tanto Radev como Dodon, que han abogado por retirar las sanciones impuestas a Rusia a raíz de la anexión de Crimea y la intervención militar en Ucrania, han encontrado en el descontento de la población con las instituciones europeas el caladero decisivo para alzarse con el poder. Al igual que en Polonia, el recelo hacia la UE tiene gran parte de su origen en las abundantes políticas de ajuste impuestas a cambio de promesas de crecimiento económico no satisfechas. Además, la corrupción sistémica de las clases gobernantes en ambos países (especialmente en Moldavia, donde la desaparición de mil millones de dólares de un fondo bancario en 2014 supuso el mayor escándalo de su historia) ha apuntalado el hartazgo de la sociedad con los políticos

Los resultados electorales favorables a Rusia se unen en menos de una semana a los cosechados en Estados Unidos con la victoria de Donald Trump, próximo a Vladímir Putin y hacia quien ha manifestado en repetidas ocasiones su admiración y respeto.

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Rumen Radev (i) e Igor Dodon, presidentes electos este domingo en Bulgaria y Moldavia

Todos los escándalos de la presidenta

Es la enésima sacudida a la que tiene que hacer frente en apenas tres años de gobierno, pero en esta ocasión no está tan claro que pueda salir indemne de ella. Las recientes revelaciones de presunta corrupción por parte de la presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye, ha sacado a cientos de miles de personas a la calle y la ha puesto una vez más y más que nunca contra las cuerdas. El ya conocido como “caso de la rasputina”, por el que la líder de una secta habría llevado a cabo graves injerencias en asuntos estatales gracias a su fuerte amistad con Park, ha hecho que una buena parte de la población haya pedido la dimisión de la mandataria, lo que se suma a la lista de escándalos que ha protagonizado directa o indirectamente. Estos son algunos de los más notorios:

Manipulación de la opinión pública en las elecciones de 2012. Posiblemente el caso de corrupción más flagrante tras el que afronta en estos momentos, tiene que ver con la probada colaboración de los servicios de inteligencia surcoreanos para favorecer la imagen de Park de cara a los comicios que le dieron el poder. Según las pesquisas judiciales, varios agentes habrían publicado durante la campaña miles de mensajes en la red en los que atacaban a los rivales de Park con la intención de atraer votos para su partido.

Defensa de la dictadura de su padre. Lo cierto es que, debido a su ascendencia, la popularidad de Park como presidenta ha estado fuertemente deteriorada desde el minuto 0. Park es la hija del dictador Park Chung-hee, que rigió el país durante 18 años (entre 1961 y 1979, cuando fue asesinado) y al que ella ha defendido al calificar el golpe de estado por el cuál llegó al poder como una “revolución para salvar el país”.

Actitud personalista y cambiante. Varios miembros de su formación, el Partido Saenuri o Partido de las Nuevas Fronteras, de centro-derecha, han acusado a Park, entre otras cosas, de condicionar las decisiones tomadas en el seno de la misma, actuar de forma incoherente respecto a lo que promulga o decir “una cosa un día y al siguiente la contraria”.

Equipo controvertido. A lo largo de su legislatura, la aptitud de Park también ha sido cuestionada por los escándalos en los que a su vez se han visto implicados miembros de su equipo. El más grave tuvo lugar en 2013, poco después de que tomara posesión, y acabó con el cese de un portavoz de la Casa Azul (la residencia presidencial) tras ser denunciado por agresión sexual a una trabajadora de la Embajada de Corea del Sur en Washington. Otros escándalos incluyen acusaciones a algunos de los nominados por Park para ocupar altos cargos gubernamentales en asuntos relacionados con especulación inmobiliaria o evasión de impuestos.

Manifestaciones de noviembre de 2015. Cerca de 80.000 manifestantes tomaron las calles a finales del año pasado para protestar contra algunas de las últimas decisiones emprendidas entonces por el Gobierno en materia educativa y económica. Por un lado, Park pretendía hacer que la asignatura de historia solo pudiese ser impartida en escuelas primarias e institutos por medio de libros de texto expedidos por el Estado. Por el otro, adoptar medidas que facilitasen el despido libre. Este cóctel de medidas desembocó en fuertes enfrentamientos entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad.

Falta de comunicación. En enero de 2015, la presidenta surcoreana solo había dado cuatro ruedas de prensa desde que tomara el poder en 2013. De ellas, tres habían sido discursos sin preguntas. Para más inri, en la única que sí aceptó preguntas exigió a cambio que le fueran remitidas con antelación, por lo que las respuestas eran leídas y totalmente preparadas.

‘Persecución’ a la prensa. En la línea de su falta de contacto con los medios también puede dejarse entrever su intención de ejercer un mayor control sobre ellos. Tal propósito se hizo manifiesto en los días posteriores al naufragio del ferri Sewol, en el que casi 300 personas perdieron la vida. Las críticas de los medios contra Park se multiplicaron por su poco acertada gestión de la tragedia, y en respuesta, la mandataria ordenó crear una comisión de investigación para monitorizar y represaliar a la prensa más incisiva.

 

 

 

 

El año en que lo imposible pasó

Por encima de todo, 2016 será recordado dentro de no mucho como el año en que lo que creíamos imposible se convirtió en un hecho. El año en que lo que de ninguna forma podía pasar acabó ocurriendo, y el año en que millones de personas se despertaron dos veces en poco menos de cinco meses creyendo que todavía estaban sumidos en un profundo sueño y sin palabras ante lo que veían en las televisiones, leían en los periódicos o escuchaban en las radios.

La victoria de Trump es en esencia la confirmación de lo que apenas nadie concebía antes del 23 del junio. La mañana del día siguiente, con el triunfo del ‘remain’ dado casi por descontado, Europa amanecía en shock al ver cómo Reino Unido nos devolvía a la realidad con una sonora bofetada que hacía replantear nada menos que la estructura de uno de las organizaciones más importantes del mundo. El Brexit, aquella quimera tan anhelada como inalcanzable de un puñado de hooligans y menospreciada por el resto del mundo, se convertía en una realidad. Pero solo era el principio de todo.

El resultado de las elecciones de EE.UU. quizá haya pillado algo menos desprevenidos a unos pocos, pero la conmoción ha sido de igual o mayores dimensiones. Lo que empezó siendo poco menos que una broma de mal gusto cuando hace poco más de un año un charlatán irrumpía en escena escupiendo a diestro y siniestro contra todo y contra todos ha acabado por materializarse como el segundo capítulo de una historia que, con toda seguridad, comenzará a reescribirse a partir de este 2016.

Porque el año que es posible suponga la primera piedra de un nuevo mapa mundial puede, como ya sabemos, ejercer al mismo tiempo de antesala de otros resultados que hace solo unos meses se antojaban inimaginables y que ahora ya no son ningún disparate. No lo fueron en países como Polonia o Hungría, como ahora tampoco lo pueden ser en Austria el próximo 4 de diciembre ni tampoco en Francia y Alemania, países que afrontarán generales en 2017 con la extrema derecha gobernando en numerosos municipios y regiones y con más posibilidades que nunca de hacerlo a nivel nacional. El mundo está cambiando, y lo está haciendo por la puerta grande.

El agente incómodo

Culpable o no, no cabe duda de que el 23 de noviembre de 2006 Vladimir Putin respiró aliviado. Una de sus bestias negras, Alexander Litvinenko (Voronezh, 1962 – Londres, 2006) acababa de exhalar su último aliento tras una intensa agonía. Tres semanas atrás, Litvinenko había sido envenenado con cantidades ingentes de polonio 210, un elemento químico altamente radioactivo. Pero en su boqueada había apuntado directamente al mandatario ruso como el causante incuestionable de su estado. “Quiero que el mundo vea lo que han hecho conmigo”, señaló en su lecho de muerte.

Litvinenko era un viejo conocido de los servicios secretos rusos. Exagente del legendario KGB y posteriormente del Servicio Federal Ruso (FSB), destacó por su labor en tareas de contraterrorismo y lucha contra el crimen organizado. Todo fue bien hasta que, presuntamente, en 1997 le dieron la orden de asesinar al magnate Boris Berezovsky, conocido suyo y para quien había trabajado. A partir de ahí todo se empezó a torcer. Durante sus años de servicio descubrió conexiones entre altos cargos de los cuerpos de seguridad rusos y organizaciones criminales. Alarmado, trató de comunicárselo a sus superiores, pero al no obtener resultado llegó a la conclusión de que el sistema estaba corrompido. El día de la llegada de Putin al frente de la FSB, llegó a transmitirle sus hallazgos, de acuerdo a la mujer de Litvinenko. Pero al aún entonces agente de inteligencia no le impresionaron.

­­­­­El despido de Litvinenko se produjo en noviembre de 1998, después de que él y varios agentes más denunciaran vía rueda de prensa los encargos a los que habían sido encomendados. Asesinatos o secuestros de políticos u hombres de negocios eran objetivos fijos en el FSB. Entre ellos Berezovsky, que cuatro días antes de la comparecencia de los agentes había acusado a Putin y otros mandos de haber orquestado su intento de asesinato en una carta abierta en un diario ruso. Inmediatamente, Putin lo cesó. “Despedí a Litvinenko y desmantelé su unidad porque los agentes del FSB no deberían dar conferencias de prensa. No es su trabajo, y no deberían hacer públicos escándalos internos”, alegó en una entrevista.

En octubre de 2000, el agente y su familia desobedecieron la orden que pesaba sobre ellos de no abandonar Moscú y volaron a Turquía, donde Litvinenko solicitó asilo a la embajada estadounidense en Estambul. Tras serle denegado, se trasladaron a Londres y volvió a intentarlo, esta vez con Reino Unido, que, en cambio, acabó por darle el sí en mayo del 2001.

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Alexander Litvinenko

En Inglaterra, donde residió hasta su muerte, Litvinenko desplegó todo su arsenal confidencial. Se convirtió en periodista, trabajó para un medio checheno, colaboró con la inteligencia británica y a lo largo de seis años escribió dos libros en los que dio rienda suelta a todo cuanto decía saber.

Acusó a Rusia de ser la mayor fábrica de terroristas mundial, y señaló sin paliativos que todos los actos terroristas alrededor del globo tenían algún tipo de vínculo con el país asiático. En sus múltiples entrevistas aseguró también cuestiones tan espeluznantes como la implicación de Rusia en algunos de los ataques más sangrientos de su historia reciente. Se refería ni más ni menos que a los atentados que dieron lugar al comienzo de la Primera Guerra Chechena, en 1998 (293 muertos); el tiroteo del parlamento armenio de 1999, en el que el primer ministro fue asesinado; el secuestro de un teatro moscovita por terroristas chechenos en 2002 (al menos 170 víctimas mortales) o la masacre del colegio de Beslan (Osetia del Norte) en 2004 (más de 385 muertos). Afirmó también haber escoltado al actual líder de Al Qaeda, Ayman Al Zawahiri, durante su desplazamiento a un centro de entrenamiento ruso, donde fue preparado durante 6 meses.

A Putin, por su parte, lo tachó de corrupto y de haber protegido una red de narcotráfico procedente de Afganistán durante su etapa en el FSB. Sin ambages, llegó incluso a calificarlo de pedófilo.

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Andrei Lugovoi y Dmitri Kovtún, señalados esta semana por Reino Unido como los autores del envenenamiento de Litvinenko

A veces, con pruebas. Otras, sin ellas. Algunas de las revelaciones de Litvinenko han sido puestas en duda por parte de expertos, pero no dejaron indiferente a nadie. Es público y notorio que estaba marcado como objetivo, posiblemente desde su huida de Rusia. El asesinato del agente se produjo apenas un mes después del de la periodista ‘anti-Putin’ Anna Politkovskaya en Moscú.

Los principales sospechosos del envenenamiento de Litvinenko, dos exagentes rusos llamados Lugovoi y Kovtún, han defendido su inocencia desde entonces. Lugovoi, ahora convertido en un político de renombre, ha calificado el informe que la semana pasada publicó la comisión investigadora como “patético” por su aparente poca precisión. A lo largo de los últimos 10 años que han pasado desde entonces las teorías sobre la muerte de Litvinenko han sido de lo más dispar. Desde el propio Berezovsky hasta la propia inteligencia británica han sido señalados (mayormente desde Rusia) como posibles autores del envenenamiento.

No obstante, tanto Lugovoi como Kovtún ingresaron en un hospital a su vuelta a Moscú al detectar muestras de radiación. Además, rastros de polonio 210 fueron encontrados por las autoridades en varios lugares en los que había estado Kovtún en las horas previas a su encuentro con Litvinenko.