El resurgir de Liam

Escuchar por primera vez una canción de Liam Gallagher es una experiencia variable. Es bien sabido que, al contrario que su hermano, responsable del éxito de Oasis, el excantante del grupo mancuniano nunca ha destacado por sus habilidades de composición. Claro que cuando tu hermano es tal vez el mejor compositor de su generación es cuanto menos difícil hacerle sombra.

La experiencia es variable porque nunca sabes lo que te vas a encontrar. Sus aportaciones a Oasis fueron pocas pero resultonas, con temas como Songbird o I’m Outta Time encabezando la lista de mejores canciones de sus respectivos álbumes. Sin embargo, la salida de Noel y consiguiente ruptura de Oasis en 2009 no hizo sino confirmar la poca consistencia de Liam en aquellos cinco años de intentos por reconstruir el grupo, ahora llamado Beady Eye. No fue posible, y en 2014 lo que quedaba de la legendaria banda desapareció definitivamente.

Han pasado tres años en los que Liam, inactivo y alejado del mundillo apenas se ha dejado apenas ver. Finalmente, en otoño pasado anunció lo que muchos esperaban y él se resistía a hacerlo: el inicio de una carrera en solitario. Cualquier seguidor sabe que atendiendo a su trayectoria nada es seguro, y por eso la noticia fue bien recibida pero también acogida con escepticismo.

Tras meses de expectación, Gallagher lanzó este miércoles (dos días después del 50 cumpleaños de su hermano, con quien apenas se habla desde la ruptura de Oasis) el primer single de su nuevo trabajo, As You Were. Lo que acabe siendo el álbum será un misterio hasta que se publique a finales de este año (tal vez coincidiendo también con el nuevo álbum de Noel, con quien seguirá sin hablarse), pero la entrada ha sido más que decente.

Lejos quedan ya aquellos 90 en los que su excepcional voz lucía en su máximo esplendor sobre los escenarios de todo el mundo. Años de alcohol, tabaco, falta de técnica a la hora de cantar y escaso cuidado de la garganta fueron poco a poco borrando su esencia y la que hoy conserva apenas guarda similitud alguna con la de entonces. Pese a que su genial voz nunca volverá, solo cabe esperar que el álbum siga la misma línea de ese prometedor single y que, con ello, pueda sentenciarse el resurgir del que pese a todo tal vez sea la última estrella del rock ‘n’ roll.

Este no es mi Kanye

Ocurre a veces que los artistas, en un giro radical, abandonan su estilo original y lo reinventan. Esto puede obedecer a diversas causas: el hastío de lo habitual, la aparición de nuevas influencias o la alteración de las circunstancias personales. Es posible que ese estilo que cambien haya sido precisamente la clave de su éxito, pero nada puede hacerse ante la necesidad de cambio de aires del artista. El resultado, como es lógico, conlleva un alto riesgo, y puede derivar en un acierto que glorifique aún más el talento del artista, o un estrepitoso fracaso.

En mi opinión, el rumbo que ha tomado el rapero chicaguense Kanye West desde su penúltimo LP pertenece a la segunda categoría. Después de dos o tres años sin apenas escuchar nada suyo, he rescatado sus cuatro primeros discos (sin contar el pintoresco 808s & Heartbreak) con la urgente necesidad de quitarme el mal sabor de boca que me ha dejado, una vez más, el último de ellos.

La historia se repite. Lo mismo hice en 2013, cuando escuché su flamante Yeezus por primera vez. Expectante e ilusionado después de tres años de espera, me encontré ante un disco oscuro, estridente, extraño. En él no veía apenas un ápice de la genialidad que había sido su predecesor, el insigne My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010). Y digo apenas porque de diez canciones solo se salvaba la última de ellas, Bound 2, una suerte de oasis en medio del desierto. Precisamente, el tema era un homenaje a sus inicios, y sonaba bajo una base dulce y melódica repleta de pegadizos samples de soul sesentero. Una auténtica maravilla que instantáneamente consagré como uno de mis temas favoritos.

Esta vez las probabilidades de éxito eran más altas, pues The Life of Pablo cuenta con 16 canciones. Pero no. Incrédulo por hallarme ante lo que sorprendentemente parecía un nuevo caso sui generis en la casi impecable trayectoria de West, he tenido que darle tres y hasta cuatro escuchas (algo que no lamentablemente no tengo la costumbre de hacer, pues la lista de cosas que suelo querer escuchar es extensa) para ser generoso y al menos salvar una canción, Wolves, y parte de otra, Famous. Parte que -¡menuda casualidad!- es la única de todo el disco que evoca al Kanye de hace 10 añosAún así, tengo que admitir que ninguna de las dos me parecen nada del otro mundo, y no llegan ni por asomo al nivel de Bound 2. Por suerte, la producción ha tomado un cariz distinto, y, a diferencia de su predecesor, cuya acidez era atronadora, el nuevo disco al menos sí puede escucharse sin acabar con dolor de cabeza. Sólo queda cruzar los dedos para que el próximo ya vuelva definitivamente a la senda original.

No voy a ser hipócrita: si hubiera sido cualquier otro hubiera pasado rápidamente a otra cosa. Pero es Kanye West, al que, al igual que tantos otros amantes del hip hop, considero un productor verdaderamente excepcional y talentoso. Lo es, pero cuando hace lo que le encumbró y no le da por experimentar -si bien tiene todo el derecho del mundo a hacerlo, porque para eso es su música-.