Esto es Nueva York

Tras más de cinco décadas en activo, el reportero y novelista Tom Wolfe (Richmond, Virginia, 1930) fallecía el pasado día 14 a los 88 años dejando un legado que, si bien había ido perdiendo progresivamente el interés público y mediático desde hacía ya 30 años, no fue óbice para que pasara a la historia como leyenda e icono del periodismo. Considerado el padre de un subgénero que él mismo bautizó como Nuevo Periodismo, Wolfe mostró con sus extensos reportajes que otra manera de desempeñar el oficio, mucho más literaria e impresionista que la de los formatos convencionales, era posible.

Condición indispensable para tal labor resultaba, como no podía ser de otra forma, la puesta de los cinco sentidos al servicio de la observación y la atención minuciosa por el detalle a fin de enriquecer la historia de matices en la máxima medida de lo posible. En sus trabajos periodísticos, Wolfe se hizo célebre -entre otras cosas- por contar lo que veía inundando las páginas con los aspectos más nimios. Siempre, claro, sin perder de vista el hilo de la narración y poniendo especial cuidado en que las descripciones solo contribuyeran a mejorar el relato y a aportar una información valiosa al lector. Aquel rasgo se convirtió en una de las cartas de presentación del periodista.

Cuando años más tarde, convertido ya en una eminencia tras la publicación de varios de estos textos, decidió dar el salto a la novela, Wolfe puso en práctica una técnica narrativa pulida y perfeccionada a lo largo de su trayectoria para confeccionar su obra culmen. En La hoguera de las vanidades (1987), el virginiano desplegó todo su potencial en desarrollar un argumento con el que pretendía retratar la sociedad neoyorquina del momento. El resultado es un libro que, 30 años después, continúa siendo considerada por muchos como la novela definitiva de la Gran Manzana.

Aunque en un primer momento esto pueda parecer una etiqueta sobredimensionada, uno realmente va teniendo la sensación de encontrarse ante algo grande al pasar sus páginas. A lo largo de sus casi 600 cuartillas, el lector descubre un relato meticulosamente articulado donde cada detalle contribuye a crear la atmósfera de codicia, miseria y pocos escrúpulos que reina en el mundo que se describe.

Además de mantener la intriga y el suspense capítulo a capítulo, el autor recrea la ciudad con todos sus elementos como si de una maqueta a escala se tratase. De esta forma (y especialmente si se trata de alguien que ha vivido en Nueva York o al menos la ha visitado un tiempo mínimamente considerable), el lector consigue visualizar con excelsa claridad el espejo que Wolfe coloca sobre la megalópolis.

El alto y opulento tren de vida de los millonarios del sur de Manhattan, por un lado, y la ambición de fiscaluchos y periodistas de poca monta por hacerse a cualquier precio con el caso que los catapulte a la gloria, por el otro, componen con sus muchos matices la paleta de colores de la que Wolfe se vale para retratar a su ciudad adoptiva y las profundas diferencias sociales y raciales que la caracterizan. Afectados por un involuntario accidente en el barrio del Bronx, sus tres protagonistas se verán envueltos a partir de ese instante en una cadena de sucesos que cambiarán sus vidas para siempre.

No es menos cierto, por otro lado, que la vividez de las descripciones puede resultar tan enriquecedora para unos como tediosa y petulante para otros. No a todo el mundo le gusta pasarse páginas y páginas leyendo sobre el lujoso mobiliario de un exclusivo ático de Park Avenue o acerca del intrincado funcionamiento de un juzgado del Bronx y esa es la razón principal por la que muchos habrán dejado el libro a medias. Es evidente que, en ese sentido, no es una novela hecha para todo el mundo y que para dejarse llevar uno debe meterse de lleno en la piel de sus personajes como si de un neoyorquino más se tratase.

Pese a haber transcurrido ya tres décadas, la metrópolis de La hoguera no ha cambiado tanto como cabría imaginar. En un artículo publicado el pasado octubre con motivo de su aniversario, la periodista Amanda Mars repasaba la repercusión del libro y comparaba la urbe de 1987 con la actual. “30 años después, un personaje prototípico de La hoguera como Trump, se ha convertido en presidente de Estados Unidos y el Bronx, aquella vieja jungla, sale recomendada en una guía del Times. Pero la esencia de aquella ciudad [la segregación racial, las marcadas diferencias sociales] sigue viva”, escribe. Las cicatrices apenas han envejecido a Nueva York, y con ella tampoco lo ha hecho el libro. Ahí reside, por supuesto, la verdadera razón de su grandeza.

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La verdad y nada más que la verdad

En medio de la cobertura del caso Watergate, el legendario reportero Carl Bernstein se puso en contacto con el entonces fiscal general de Estados Unidos, John Mitchell, para aclarar su implicación en el escándalo. El tándem formado por Bernstein y su compañero Bob Woodward acababa de descubrir la existencia de un fondo secreto destinado a cualquier tipo de trabajo sucio que pudiera materializar la reelección de Nixon como presidente y la mano de Mitchell detrás de dicho entramado parecía más que evidente. “¡Esa mierda es falsa y lo negaré todo! ¡Katie Graham [ex-presidenta del Washington Post] se pillará una teta en una escurridora si lo publicas!”, bramó al ser preguntado. Cuando Ben Bradlee, el director del periódico, se enteró de la conversación no daba crédito. “¿De veras ha dicho eso?”, inquirió. “De veras”, contestó Bernstein. “Bien. Pues omite lo de la teta y escribe el resto”.

A pesar de su gran nombre y su colosal legado, las nuevas generaciones de periodistas a duras penas habrán oído hablar de Bradlee (1921-2014), cuyo mandato al frente del Washington Post jalonó la que posteriormente se acabó definiendo como la “edad de oro del periodismo”. El documental sobre su vida basado en sus memorias (La vida de un periodista, Aguilar) y estrenado este martes bajo el sello de HBO es una oportunidad insoslayable para, en poco más de 90 minutos, conocer no solo su gestión sino también su carácter, su filosofía y su intensa vida personal. Desde la filtración de los llamados “papeles del Pentágono”, pasando por la creación del temido suplemento Style a la investigación del propio escándalo Watergate, que desembocó en la dimisión de Nixon; la gesta de Bradlee marcó un antes y un después en la historia del periodismo y de la política estadounidense.

Obsesionado por dar a conocer “la verdad” por encima de todo, sus méritos tampoco se entienden sin su apuesta por reformar de arriba a abajo el famoso diario washingtoniano, adonde llegó cuando no era más que un periódico provinciano de segunda fila. La vehemente ambición del recién estrenado director por darle al Post un lavado de cara que lo elevara a nivel nacional e incluso internacional fue determinante en las hazañas logradas posteriormente. “Detestaba a las personas que se daban demasiada importancia a sí mismas. Solo le importaba que la gente supiera la verdad”, dice de él la que fue su última mujer, Sally Quinn.

Ironías de la vida, quiso el azar que esa obsesión por la verdad le hiciera darse de bruces con uno de los mayores fraudes que ha dado el periodismo. Tras recibir el Premio Pulitzer en 1981 por un extenso reportaje publicado en portada sobre un niño heroinómano, su autora, una joven reportera llamada Janet Cooke, confesó habérselo inventado de principio a fin. El duro golpe que el descubrimiento supuso no solo para la credibilidad del periódico sino también para la profesionalidad y las firmes convicciones morales de Bradlee fue incuestionable. Admitir en público su culpa y aceptar sus graves errores consiguieron, no obstante, ayudarle a él y al equipo a levantar cabeza y salir adelante.

Tampoco queda fuera de foco la otra gran sacudida personal que sufrió: el asesinato de su gran amigo John Fitzgerald Kennedy, cuya estrecha relación le puso en más de una ocasión en apuros a la hora de delimitar la delicada franja entre camaradería y rigor y ética periodística. Combativo, seductor, perseverante, duro trabajador y férreo defensor de la libertad de información, Benjamin C. Bradlee mantiene aún, tres años después de su muerte y 26 desde su salida del Post, el honorable récord de haber granjeado durante su dirección un total de 18 Premios Pulitzer a reporteros del periódico, dato que él desdeñó en vida pero que, sin embargo, lo encumbra hoy como estrella y leyenda del periodismo por antonomasia.

Redacción Washington Post
De i. a d. Katharine Graham (presidenta del Washington Post entre 1963 y 2001), los reporteros Carl Bernstein y Bob Woodward, Howard Simons (redactor jefe) y Ben Bradlee durante la investigación del caso Watergate