El año en que lo imposible pasó

Por encima de todo, 2016 será recordado dentro de no mucho como el año en que lo que creíamos imposible se convirtió en un hecho. El año en que lo que de ninguna forma podía pasar acabó ocurriendo, y el año en que millones de personas se despertaron dos veces en poco menos de cinco meses creyendo que todavía estaban sumidos en un profundo sueño y sin palabras ante lo que veían en las televisiones, leían en los periódicos o escuchaban en las radios.

La victoria de Trump es en esencia la confirmación de lo que apenas nadie concebía antes del 23 del junio. La mañana del día siguiente, con el triunfo del ‘remain’ dado casi por descontado, Europa amanecía en shock al ver cómo Reino Unido nos devolvía a la realidad con una sonora bofetada que hacía replantear nada menos que la estructura de uno de las organizaciones más importantes del mundo. El Brexit, aquella quimera tan anhelada como inalcanzable de un puñado de hooligans y menospreciada por el resto del mundo, se convertía en una realidad. Pero solo era el principio de todo.

El resultado de las elecciones de EE.UU. quizá haya pillado algo menos desprevenidos a unos pocos, pero la conmoción ha sido de igual o mayores dimensiones. Lo que empezó siendo poco menos que una broma de mal gusto cuando hace poco más de un año un charlatán irrumpía en escena escupiendo a diestro y siniestro contra todo y contra todos ha acabado por materializarse como el segundo capítulo de una historia que, con toda seguridad, comenzará a reescribirse a partir de este 2016.

Porque el año que es posible suponga la primera piedra de un nuevo mapa mundial puede, como ya sabemos, ejercer al mismo tiempo de antesala de otros resultados que hace solo unos meses se antojaban inimaginables y que ahora ya no son ningún disparate. No lo fueron en países como Polonia o Hungría, como ahora tampoco lo pueden ser en Austria el próximo 4 de diciembre ni tampoco en Francia y Alemania, países que afrontarán generales en 2017 con la extrema derecha gobernando en numerosos municipios y regiones y con más posibilidades que nunca de hacerlo a nivel nacional. El mundo está cambiando, y lo está haciendo por la puerta grande.

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Este no es mi Kanye

Ocurre a veces que los artistas, en un giro radical, abandonan su estilo original y lo reinventan. Esto puede obedecer a diversas causas: el hastío de lo habitual, la aparición de nuevas influencias o la alteración de las circunstancias personales. Es posible que ese estilo que cambien haya sido precisamente la clave de su éxito, pero nada puede hacerse ante la necesidad de cambio de aires del artista. El resultado, como es lógico, conlleva un alto riesgo, y puede derivar en un acierto que glorifique aún más el talento del artista, o un estrepitoso fracaso.

En mi opinión, el rumbo que ha tomado el rapero chicaguense Kanye West desde su penúltimo LP pertenece a la segunda categoría. Después de dos o tres años sin apenas escuchar nada suyo, he rescatado sus cuatro primeros discos (sin contar el pintoresco 808s & Heartbreak) con la urgente necesidad de quitarme el mal sabor de boca que me ha dejado, una vez más, el último de ellos.

La historia se repite. Lo mismo hice en 2013, cuando escuché su flamante Yeezus por primera vez. Expectante e ilusionado después de tres años de espera, me encontré ante un disco oscuro, estridente, extraño. En él no veía apenas un ápice de la genialidad que había sido su predecesor, el insigne My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010). Y digo apenas porque de diez canciones solo se salvaba la última de ellas, Bound 2, una suerte de oasis en medio del desierto. Precisamente, el tema era un homenaje a sus inicios, y sonaba bajo una base dulce y melódica repleta de pegadizos samples de soul sesentero. Una auténtica maravilla que instantáneamente consagré como uno de mis temas favoritos.

Esta vez las probabilidades de éxito eran más altas, pues The Life of Pablo cuenta con 16 canciones. Pero no. Incrédulo por hallarme ante lo que sorprendentemente parecía un nuevo caso sui generis en la casi impecable trayectoria de West, he tenido que darle tres y hasta cuatro escuchas (algo que no lamentablemente no tengo la costumbre de hacer, pues la lista de cosas que suelo querer escuchar es extensa) para ser generoso y al menos salvar una canción, Wolves, y parte de otra, Famous. Parte que -¡menuda casualidad!- es la única de todo el disco que evoca al Kanye de hace 10 añosAún así, tengo que admitir que ninguna de las dos me parecen nada del otro mundo, y no llegan ni por asomo al nivel de Bound 2. Por suerte, la producción ha tomado un cariz distinto, y, a diferencia de su predecesor, cuya acidez era atronadora, el nuevo disco al menos sí puede escucharse sin acabar con dolor de cabeza. Sólo queda cruzar los dedos para que el próximo ya vuelva definitivamente a la senda original.

No voy a ser hipócrita: si hubiera sido cualquier otro hubiera pasado rápidamente a otra cosa. Pero es Kanye West, al que, al igual que tantos otros amantes del hip hop, considero un productor verdaderamente excepcional y talentoso. Lo es, pero cuando hace lo que le encumbró y no le da por experimentar -si bien tiene todo el derecho del mundo a hacerlo, porque para eso es su música-.

El agente incómodo

Culpable o no, no cabe duda de que el 23 de noviembre de 2006 Vladimir Putin respiró aliviado. Una de sus bestias negras, Alexander Litvinenko (Voronezh, 1962 – Londres, 2006) acababa de exhalar su último aliento tras una intensa agonía. Tres semanas atrás, Litvinenko había sido envenenado con cantidades ingentes de polonio 210, un elemento químico altamente radioactivo. Pero en su boqueada había apuntado directamente al mandatario ruso como el causante incuestionable de su estado. “Quiero que el mundo vea lo que han hecho conmigo”, señaló en su lecho de muerte.

Litvinenko era un viejo conocido de los servicios secretos rusos. Exagente del legendario KGB y posteriormente del Servicio Federal Ruso (FSB), destacó por su labor en tareas de contraterrorismo y lucha contra el crimen organizado. Todo fue bien hasta que, presuntamente, en 1997 le dieron la orden de asesinar al magnate Boris Berezovsky, conocido suyo y para quien había trabajado. A partir de ahí todo se empezó a torcer. Durante sus años de servicio descubrió conexiones entre altos cargos de los cuerpos de seguridad rusos y organizaciones criminales. Alarmado, trató de comunicárselo a sus superiores, pero al no obtener resultado llegó a la conclusión de que el sistema estaba corrompido. El día de la llegada de Putin al frente de la FSB, llegó a transmitirle sus hallazgos, de acuerdo a la mujer de Litvinenko. Pero al aún entonces agente de inteligencia no le impresionaron.

­­­­­El despido de Litvinenko se produjo en noviembre de 1998, después de que él y varios agentes más denunciaran vía rueda de prensa los encargos a los que habían sido encomendados. Asesinatos o secuestros de políticos u hombres de negocios eran objetivos fijos en el FSB. Entre ellos Berezovsky, que cuatro días antes de la comparecencia de los agentes había acusado a Putin y otros mandos de haber orquestado su intento de asesinato en una carta abierta en un diario ruso. Inmediatamente, Putin lo cesó. “Despedí a Litvinenko y desmantelé su unidad porque los agentes del FSB no deberían dar conferencias de prensa. No es su trabajo, y no deberían hacer públicos escándalos internos”, alegó en una entrevista.

En octubre de 2000, el agente y su familia desobedecieron la orden que pesaba sobre ellos de no abandonar Moscú y volaron a Turquía, donde Litvinenko solicitó asilo a la embajada estadounidense en Estambul. Tras serle denegado, se trasladaron a Londres y volvió a intentarlo, esta vez con Reino Unido, que, en cambio, acabó por darle el sí en mayo del 2001.

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Alexander Litvinenko

En Inglaterra, donde residió hasta su muerte, Litvinenko desplegó todo su arsenal confidencial. Se convirtió en periodista, trabajó para un medio checheno, colaboró con la inteligencia británica y a lo largo de seis años escribió dos libros en los que dio rienda suelta a todo cuanto decía saber.

Acusó a Rusia de ser la mayor fábrica de terroristas mundial, y señaló sin paliativos que todos los actos terroristas alrededor del globo tenían algún tipo de vínculo con el país asiático. En sus múltiples entrevistas aseguró también cuestiones tan espeluznantes como la implicación de Rusia en algunos de los ataques más sangrientos de su historia reciente. Se refería ni más ni menos que a los atentados que dieron lugar al comienzo de la Primera Guerra Chechena, en 1998 (293 muertos); el tiroteo del parlamento armenio de 1999, en el que el primer ministro fue asesinado; el secuestro de un teatro moscovita por terroristas chechenos en 2002 (al menos 170 víctimas mortales) o la masacre del colegio de Beslan (Osetia del Norte) en 2004 (más de 385 muertos). Afirmó también haber escoltado al actual líder de Al Qaeda, Ayman Al Zawahiri, durante su desplazamiento a un centro de entrenamiento ruso, donde fue preparado durante 6 meses.

A Putin, por su parte, lo tachó de corrupto y de haber protegido una red de narcotráfico procedente de Afganistán durante su etapa en el FSB. Sin ambages, llegó incluso a calificarlo de pedófilo.

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Andrei Lugovoi y Dmitri Kovtún, señalados esta semana por Reino Unido como los autores del envenenamiento de Litvinenko

A veces, con pruebas. Otras, sin ellas. Algunas de las revelaciones de Litvinenko han sido puestas en duda por parte de expertos, pero no dejaron indiferente a nadie. Es público y notorio que estaba marcado como objetivo, posiblemente desde su huida de Rusia. El asesinato del agente se produjo apenas un mes después del de la periodista ‘anti-Putin’ Anna Politkovskaya en Moscú.

Los principales sospechosos del envenenamiento de Litvinenko, dos exagentes rusos llamados Lugovoi y Kovtún, han defendido su inocencia desde entonces. Lugovoi, ahora convertido en un político de renombre, ha calificado el informe que la semana pasada publicó la comisión investigadora como “patético” por su aparente poca precisión. A lo largo de los últimos 10 años que han pasado desde entonces las teorías sobre la muerte de Litvinenko han sido de lo más dispar. Desde el propio Berezovsky hasta la propia inteligencia británica han sido señalados (mayormente desde Rusia) como posibles autores del envenenamiento.

No obstante, tanto Lugovoi como Kovtún ingresaron en un hospital a su vuelta a Moscú al detectar muestras de radiación. Además, rastros de polonio 210 fueron encontrados por las autoridades en varios lugares en los que había estado Kovtún en las horas previas a su encuentro con Litvinenko.

Polonia y las consecuencias del triunfo electoral del ultraderechismo

Dos meses ha sido tiempo más que suficiente para que Ley y Justicia (PiS, por sus siglas originales), el partido que se alzó con las elecciones polacas del pasado 25 de octubre, ya haya sido apercibido por la UE. A través de una nueva herramienta legislativa, la Comisión Europea anunció hace cuatro días su propósito de sancionar a largo plazo al país centroeuropeo en caso de que ratificase que sus últimas actuaciones estuvieran violando el Estado de Derecho, como prevé estudiar a lo largo de los próximos meses.

La advertencia de Bruselas se produce en medio de una oleada de manifestaciones en 20 ciudades y tres semanas después de que el partido que encabeza, visiblemente al menos, el tandem entre Andrzej Duda en el cargo de presidente y Beata Szydlo como primera ministra aprobara una batería de medidas de dudoso carácter democrático. El fundador y responsable verdadero de las políticas del PiS, Jaroslaw Kaczynski, no muestra reparos en ocultar su objetivo: poder emprender las reformas a las que el partido aspira con un camino lo más despejado posible para ello.

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Jaroslaw Kaczynski, fundador del PiS y Beata Szydlo, primera ministra

Las propuestas del PiS –nacionalista, homófobo, xenófobo y euroescéptico– pasan, entre otras, por la prohibición del aborto, un férreo control de los medios de comunicación públicos, suprimir la educación sexual de la enseñanza, dotar de mayor poder a la policía, o la suspensión de ciertas obras de teatro calificadas como “pornográficas” e “inmorales”. Para poder llevarlas a cabo, maniobró primero para reestructurar la composición del Tribunal Constitucional (nombrando cinco magistrados nada más llegar al poder) y después, en diciembre, para que las decisiones de este organismo en materia de derogación legislativa deban contar con un respaldo más amplio del entonces vigente (más de dos tercios en lugar de una simple mayoría). Una tarea algo difícil si cinco de los 15 miembros que lo integran han sido colocados. Tanto ambas artimañas judiciales como el mayor dominio sobre los medios fue lo que hizo saltar las alarmas en Bruselas y le apremió a tomar cartas en el asunto.

Además de contar con la total repulsa de la oposición y de parte de la sociedad, incluso voces como la de Lech Walesa, expresidente conservador y defensor del PiS en las últimas elecciones, se han levantado contra el Gobierno y lo han calificado de “antidemocrático”. Hasta el momento Varsovia ha desoído las intensas críticas tanto dentro como fuera del Sejm (Parlamento) y ha ignorado a la Comisión Europea. En este sentido, distintos miembros del Gobierno han apuntado al “desconocimiento de la situación” por parte del Ejecutivo de la Unión, que se reunirá con el gabinete de Szydlo a lo largo de las próximas semanas.

El PiS, que con su triunfo en octubre desplazó del poder al democristiano Plataforma Cívica, ya gobernó entre 2005 y 2007. Actualmente lo hace con mayoría absoluta, algo que no sucedía en Polonia desde las revoluciones y posterior caída del comunismo en 1989.

Mientras tanto, el choque parece inevitable.