Ortega: perpetuación y autocracia en Nicaragua

Tanto era de esperar que Daniel Ortega revalidase un tercer mandato como presidente de Nicaragua en las elecciones del pasado día 6 como que dicha cita pasara sin pena ni gloria por los medios de comunicación de todo el mundo. Tal poca atención en la cita electoral podría entenderse de haberse tratado de unos comicios ordinarios y poco decisivos en la trayectoria del país latinoamericano. Y lo cierto es que así era. Las elecciones no suponían nada de no ser porque con ellas Ortega, actual mandatario y antiguo líder sandinista, conseguía como fuera consolidarse definitivamente en el poder a golpe de neutralizar a toda costa cualquier tipo de oposición política.

Así lo contaba el agudísimo Jan Martínez Ahrens en un extenso reportaje publicado el mismo día de la celebración en El País Semanal. Apoyado en su compañera de viaje y más que posible sucesora, Rosario Murillo, el exguerrillero ha trazado desde que llegó al poder por segunda vez en 2006 un país a imagen y semejanza de sus aspiraciones. A lo largo de toda una década, ha repartido el control de importantes asuntos estatales entre varios de sus siete hijos, maniobrado para bloquear a sus adversarios y formulado un sincretismo entre capitalismo, religión y sandinismo.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional, su partido, obtuvo el 70% de los votos en unas elecciones en las que Ortega impidió la presencia de observadores internacionales para garantizar su correcto desarrollo. La cita, que ha sido calificada de “farsa” por numerosos colectivos tanto autóctonos como extranjeros, se cerró con una concurrencia moderada aunque incierta y en la que la oposición, inhabilitada por una sentencia judicial para presentarse a las elecciones, instó a la población a abstenerse de ejercer el derecho a voto en señal de protesta.

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Manifestación en repulsa de las elecciones del pasado 6 de noviembre y del Canal de Nicaragua, uno de los proyectos estrella de Ortega y cuya inauguración está prevista para 2019

Como en todos los regímenes con tintes autocráticos, en Nicaragua impera la ley del silencio. Son pocos los que parecen atreverse a hablar sobre el rumbo delirante que ha tomado el país bajo el mando de Ortega y su clan. Tras haber modificado la Constitución a su antojo para eliminar la limitación numérica de mandatos y anulado a sus adversarios políticos, gran parte del pueblo teme represalias de mostrarse crítico con el Gobierno.

Hasta ahora, la legitimidad de Ortega como presidente estaba fuera de duda. No obstante, la desafortunada decisión tomada por la Asamblea de destituir a la oposición y el levantamiento de barreras a los observadores externos han puesto de relieve ante la comunidad internacional sus ansias de mantener el poder a cualquier coste. El exguerrillero ha terminado, finalmente, por mostrar su verdadera cara.

 

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El año en que lo imposible pasó

Por encima de todo, 2016 será recordado dentro de no mucho como el año en que lo que creíamos imposible se convirtió en un hecho. El año en que lo que de ninguna forma podía pasar acabó ocurriendo, y el año en que millones de personas se despertaron dos veces en poco menos de cinco meses creyendo que todavía estaban sumidos en un profundo sueño y sin palabras ante lo que veían en las televisiones, leían en los periódicos o escuchaban en las radios.

La victoria de Trump es en esencia la confirmación de lo que apenas nadie concebía antes del 23 del junio. La mañana del día siguiente, con el triunfo del ‘remain’ dado casi por descontado, Europa amanecía en shock al ver cómo Reino Unido nos devolvía a la realidad con una sonora bofetada que hacía replantear nada menos que la estructura de uno de las organizaciones más importantes del mundo. El Brexit, aquella quimera tan anhelada como inalcanzable de un puñado de hooligans y menospreciada por el resto del mundo, se convertía en una realidad. Pero solo era el principio de todo.

El resultado de las elecciones de EE.UU. quizá haya pillado algo menos desprevenidos a unos pocos, pero la conmoción ha sido de igual o mayores dimensiones. Lo que empezó siendo poco menos que una broma de mal gusto cuando hace poco más de un año un charlatán irrumpía en escena escupiendo a diestro y siniestro contra todo y contra todos ha acabado por materializarse como el segundo capítulo de una historia que, con toda seguridad, comenzará a reescribirse a partir de este 2016.

Porque el año que es posible suponga la primera piedra de un nuevo mapa mundial puede, como ya sabemos, ejercer al mismo tiempo de antesala de otros resultados que hace solo unos meses se antojaban inimaginables y que ahora ya no son ningún disparate. No lo fueron en países como Polonia o Hungría, como ahora tampoco lo pueden ser en Austria el próximo 4 de diciembre ni tampoco en Francia y Alemania, países que afrontarán generales en 2017 con la extrema derecha gobernando en numerosos municipios y regiones y con más posibilidades que nunca de hacerlo a nivel nacional. El mundo está cambiando, y lo está haciendo por la puerta grande.