Matones

Uno seguido de otro, dos nuevos capítulos de salvajismo se han añadido esta semana al listado de fechorías perpetradas por los delincuentes que componen la política extremista y autoritaria. Lo sucedido no revela nada que no se supiera, pero refuerza una vez más la idea de que, por muy distintos que sean, quienes tratan de imponer su criterio sobre el de los demás lo hacen siempre de la única forma que saben. A tortas.

El primero tenía lugar el martes por la mañana. Ilias Kasidiaris, portavoz del partido neonazi griego Amanecer Dorado, se dirigía al Parlamento desde su escaño cuando uno de sus homólogos, Nikos Dendias, de Nueva Democracia, pasaba por delante de él. Para Kasidiaris esto debió de suponer un ataque frontal e imperdonable hacia su persona, porque nada más Dendias estaba frente a él lo empujó y le pidió explicaciones de tal afrenta. “¡¿Qué haces?! ¡¿No ves que estoy hablando?!”, le espetó con su indeleble gesto pendenciero. Pero el portavoz del partido conservador no se quedó de brazos cruzados y le plantó cara volviéndose hacia él.

Nada más hacerlo, los diputados neonazis se levantaban de sus asientos con la intención de increparle, pero ¡oh! justo en ese momento la cámara que retransmitía la intervención fue cambiada a otra general que quedaba fuera de ángulo del lugar de discusión. Pudo saberse que, entre gritos y repetidas llamadas a los guardias por parte del Presidente de la Cámara, sus señorías se dedicaron a lanzar agua y agredir a Dendias hasta que, tras varios minutos, los agentes hicieron finalmente acto de presencia. Resultado: Amanecer Dorado fue expulsado del Parlamento y no podrá participar hoy en la votación referente a la adopción de nuevas medidas de austeridad por Grecia.

Otros guardias, los del presidente de iure y sultán de facto Recep Tayipp Erdogan, estampaban el sello de la visita oficial de su jefe a Estados Unidos con una auténtica demostración de fuerza esta mañana en Washington. Durante una concentración prokurda ante la embajada de Turquía, los esbirros del todopoderoso aparecieron de la nada para sin mediar palabra proceder a propinar una brutal paliza a quienes allí se encontraban. Las imágenes, inefablemente abyectas, muestran a varios de los gorilas del presidente ensañándose con algunos de los manifestantes a base de patadas en la cabeza. Por supuesto es previsible que, pese a la gravedad del asunto, el ataque no conlleve represalia alguna para los agresores. Al fin y al cabo eso no es más que un simple día de trabajo para ellos.

Como todo el mundo sabe, no es la primera vez que ni unos ni otros protagonizan algo así. De hecho, ambos sucesos son casi simbólicos si se atiende a sus historiales. Es proverbial la brutal represión que ha emprendido Erdogan en los últimos años contra todo lo que él considera disidencia o enemigo del Estado, represión que tras el fallido golpe del año pasado se ha ampliado en dimensiones insospechadas.

Por otra parte es deber recordar que, aunque fuera de Grecia hayan ido cayendo en el olvido, los neonazis de Amanecer Dorado están siendo juzgados por pertenencia a organización criminal, tenencia de armas y archivos ilegales y asesinato. Además del homicidio del rapero izquierdista Pavlos Fyssas en 2013 por un militante, los neonazis se hicieron famosos a nivel internacional por sus salidas nocturnas a la caza de inmigrantes, por destrozarles sus puestos y, en general, por discriminarlos a cualquier precio. El propio Kasidiaris, sin ir más lejos, protagonizó una agresión en directo cuando, en medio de un acalorado debate, echó agua a una política y abofeteó fuertemente a otra en un debate televisado.

Amanecer Dorado, como todo grupo ultraderechista que se precie, propone la expulsión de los inmigrantes ilegales y atribuye a los musulmanes el origen de todos los males. Por contra, Erdogan pretende transformar el país que dirige con mano de hierro en un estado islamista sin miramientos. No cabe duda de que, si los neonazis llegaran al poder, la ya depauperada relación entre Grecia y Turquía empeoraría aún más. O, quién sabe, tal vez no. El uso de la violencia como forma de respuesta a cualquier adversidad por insignificante que sea es la norma que en el fondo los une. Un vínculo que probablemente les haría mirarse con admiración entre ellos. Los extremos, después de todo, siempre acaban tocándose.

NOTA: Los enlaces de esta entrada enlazan a vídeos que muestran los hechos que se describen.

 

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Café, tabaco y kombolois

En la mano derecha, un pitillo consumiéndose lenta y silenciosamente. En la izquierda, un cordón cerrado por grandes abalorios que van deslizándose de uno a otro lado. Sobre la mesa, una taza de café recién preparado, un vaso de agua, un montículo de colillas apiladas sobre un cenicero y, ante todo, más tabaco. De fondo, humo y un soniquete intermitente: ras… ras… ras.

Es posible sea un cliché de lo más manido, pero esto no quita que la imagen descrita predomine en casi cualquier taberna, cafetería o restaurante heleno. Es más, no es descabellado ni falaz decir que un bar griego no es un bar griego si no se aprecian al menos uno de los elementos de tal estampa. Café, tabaco y dicho cordón de abalorios, llamado komboloi y que casi podría considerarse una prolongación de la mano de todo varón adulto en Grecia, son con sus más y sus menos las tres hierofanías de su cultura social.

Dicho trinomio tiene su explicación. El país de las 2.000 islas cuenta con una arraigadísima cultura del café heredada de los otomanos, que lo ocuparon durante cinco siglos (desde el XIV hasta el XIX). El elinikós, ligera variante del café turco, es una de las numerosas modalidades que aparecen en los menús de los establecimientos. Quedar con alguien para tomar uno y charlar durante horas es uno de los pasatiempos nacionales favoritos. Aunque, si se prefiere, también puede optarse por los clásicos frappé, cappuccino, latte, cappuccino latte, espresso, macchiato o mocha, por enumerar solo algunos.

Por otro lado, que los paquetes de tabaco sean una constante en los bares no sorprende si se tiene en cuenta que Grecia es el país más humeante de la Unión Europea. Nada menos que alrededor del 40% de los griegos fuman con regularidad. Su precio es algo menor que la media del resto de países comunitarios y, aunque en 2010 se aprobó una ley antitabaco, la diferencia respecto a España, que también erradicó el humo de los establecimientos ese año, estriba en que nadie parece haberse dado cuenta. A excepción de los sitios más exclusivos, las mesas están preparadas con ceniceros y tantos propietarios como clientes fuman en el interior con total tranquilidad. Si por lo que parece la norma se vulnera incluso en el Parlamento, ¿qué puede nadie echar en cara al ciudadano de a pie?

El komboloi, último pero no menos importante de estos elementos también guarda relación, al igual que la obsesión cafetera, con la espinosa relación con Turquía. Durante el dominio otomano de Grecia, el komboloi fue introducido por los invasores, que mostraban los suyos, hechos de joyas y piedras preciosas, como símbolo de poder. Con el tiempo, esa ostentación fue poco a poco pasando a todos los estratos sociales, que los elaboraban con toda suerte de materiales en función de su nivel adquisitivo. Actualmente los griegos les dan a sus kombolois tres usos mayoritarios: relajarse mediante el tacto de sus cuentas, como entretenimiento (puede sonar extraño, pero una vez se “aprende” a usarlo puede tener su gracia) y como método, paradójicamente, para dejar de fumar. Costumbres griegas…

Tanteando Atenas

Dejarse cautivar por Atenas no es fácil, para muchos tal vez imposible. No lo es, al menos, sin un haber hecho una investigación previa a la llegada. Aterrizar en la capital de Grecia pensando en majestuosas ruinas y un delicioso aroma a Antigüedad en sus calles supone un error garrafal y puede conllevar una decepción estrepitosa.

Es innegable. Atenas no es ni mucho menos una ciudad estéticamente bonita. Dejando a un lado la Acrópolis, está sucia y cochambrosa incluso en las zonas más céntricas. Fuera de ellas el abandono, la desatención y el deterioro se suman a la receta, que se hace más ubicua conforme va surgiendo el extrarradio.

Además del manto de porquería que cubre per se buena parte de su superficie, los desechos diarios de tiendas y restaurantes se acumulan a última hora hasta en los principales focos comerciales, como la calle Ermou. Por otra parte, resulta sobrecogedor descubrir que en la mayoría de barrios apenas queda pared, señal o viga que haya sobrevivido a la abigarrada caterva de pintadas y grafitis de pésimo gusto.

Atenas es una ciudad dura. Todas las grandes urbes lo son, pero los efectos de la crisis y el poco (o al menos aparente) control policial dejan estampas no tan comunes en otras ciudades. Mujeres pidiendo limosna con niños, campamentos callejeros de heroinómanos en pleno acto de intoxicación o mendigos afanándose en delirantes actividades son escenas medianamente usuales en áreas frecuentemente transitadas.

De alguna forma, todo esto sería justificadamente reprochable si no fuese por la brutal sacudida que el país encadena siete años sufriendo y que ya ha transformado ferozmente su sociedad, puede que para siempre. Es evidente que estos males probablemente ya existían antes de la crisis y que sus consecuencias han tenido un efecto más agravante que iniciador. Pero no puede decirse que, al menos ahora, no se esté gastando un duro en sanearla por puro pasotismo o incompetencia. Precisamente, la semana pasada Ayuntamiento y Gobierno anunciaron un plan de reforma urbano a corto plazo cuyos alcance, a juzgar por el depauperado estado de la ciudad, será todo un reto.

Pese al descenso a los infiernos de los últimos años, los atenienses siguen esforzándose en poner su mejor cara. Son amables, sonrientes, y se muestran siempre agradecidos con el visitante extranjero (el español está entre sus preferidos). Muchos se sienten orgullosos del pasado legendarios de su país pero, a diferencia de otras nacionalidades, no se creen mejores que nadie.

Han pasado más de dos milenios desde la susodicha leyenda y, aunque aquella imagen nunca morirá, la que un día fue la ciudad más influyente del mundo en nada se parece hoy al idílico lugar que marcó una de las etapas más importantes de la historia.

Atenas no es Barcelona, París o Nueva York. No está cubierta de edificios esplendorosos, monumentos icónicos o deslumbrantes avenidas. Atenas necesita que se la conozca, que se empatice con ella, que se tome con humor su caos, que día a día se vayan descubriendo sus pequeños encantos y que se aprecie aquellas cosas que la diferencian del resto. En el libro Grecia en otoño, de Xavier Moret, el exitoso autor heleno Petros Márkaris explica su gusto por lo que él define como “belleza polémica”. “Una ciudad me atrae cuando no esconde sus partes feas. Si lo hace, me parece artificial, ya que la belleza perfecta no existe”, dice.

Tal vez al que le guste lo diferente y lo que se aleja del resto pueda sentirse atraído por una ciudad con semejantes defectos. Tal vez por eso, al igual que Márkaris, me sienta tan a gusto en esta adorable jungla tras dos semanas de tanteo, contacto y asentamiento.

Chipre: 40 años de división

Grecia y Turquía, Turquía y Grecia. La proverbial y milenaria rivalidad entre ambos países volvió a ser noticia la semana pasada tras el enésimo intento por zanjar una de sus más añejas diferencias. Un hecho que, a pesar de su longevidad, resulta profundamente desconocido para el mundo occidental: la división de la isla de Chipre.

Nada menos que 42 años han pasado desde que Chipre fue fragmentada, en agosto de 1974, en dos partes casi proporcionales regidas por Turquía en la zona norte y el estado chipriota como tal en la mitad sur. Su capital, Nicosia, quedó igualmente dividida entre ambos. El 15 de julio, un mes antes, la junta militar que por entonces gobernaba el país heleno orquestó un golpe de estado en Chipre para derrocar a su regidor, el arzobispo Makarios III, y anexionar la isla a Grecia.

Como respuesta, Turquía reaccionó lanzando una ofensiva pocos días después que justificó ante la comunidad internacional amparándose en el derecho a intervenir para restaurar el orden constitucional en la isla. Un derecho recogido en el Tratado de Garantía, promulgado en 1960 y entre cuyos firmantes figuraban, además de Grecia y Reino Unido, la propia Turquía.

La presión internacional sobre el conflicto en ciernes entre ambos países precipitó el colapso de la junta militar griega solo tres días después de la invasión turca, lo que a su vez dio lugar a que el gobierno implantado fracasara y fuera depuesto. Al restablecerse el orden, las fuerzas turcas se retiraron. Pero el 18 de agosto, apenas un mes más tarde, Ankara puso en marcha un segundo despliegue de tropas que esta vez ocupó el 40% de la isla.

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La República Turca del Norte de Chipre fue autoproclamada en 1983, nueve años después de la ocupación

Pese a la condena unánime de Naciones Unidas, las cerca de 40.000 milicias prosiguieron la invasión iniciada un mes antes, esta vez ya sin ningún pretexto justificativo que respaldase el asalto. En el proceso, cerca de 150.000 ciudadanos de origen grecochipriota, mayoría en el área ocupada por Turquía, fueron desplazados de sus casas hacia el sur, zona más poblada por turcochipriotas. En su lugar, estos últimos partieron hacia el norte para instalarse en los hogares abandonados por sus antiguos residentes.

La inicial Administración Autónoma Turcochipriota declarada por Turquía tras la segunda ocupación evolucionó un año más tarde en un estado federado y ocho después, en 1983, en la autoproclamada “República Turca del Norte de Chipre“. Además de negar sistemáticamente su legitimidad jurídica, la ONU y diversas ONGs han denunciado en reiteradas ocasiones el incumplimiento de derechos civiles en la mitad norte de la isla.

Desde el fin del conflicto, los intentos por reunificar el país han sido tanteados por Naciones Unidas, si bien todos han terminado cayendo en saco roto. El último fue iniciado la semana pasada en Ginebra con representantes griegos, turcos y británicos, y aunque esta vez la mayor sintonía por buscar un acuerdo definitivo que resuelva el conflicto es palmaria, nada está aún atado.